MEDITACIÓN

vie

23

nov

2018

Final de la peregrinación: Jerusalén

Vivir en Jerusalén es adentrarse en el misterio de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús. De mañana temprano hemos salido a recorrer las calles, que guardan la tradición del camino que recorrió Jesús desde la Torre Antonia, donde Pilato lo condenó a muerte, hasta el Calvario.

El Via Crucis es una de las experiencias más realista de la peregrinación a Tierra Santa, cuando al recorrer las calles en clima de oración, debemos cruzar piquetes de soldados, y encontrarnos con quienes van a sus trabajos.  El canto continuo, y las paradas en las distintas estaciones jalonan el camino hasta el Santo Sepulcro. 

Hemos vuelto a sentir la Providencia, porque al ver por la tarde cómo estaba la plaza y el templo del Santo Sepulcro, abarrotada de peregrinos, nos hemos dado cuenta del privilegio que ha supuesto llegar a la undécima estación, ya en el Calvario, y no tener a nadie delante para venerar, tocar con nuestras manos y besar la roca donde se certifica estuvo clavada la Cruz del Señor.

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mar

20

nov

2018

Florecillas 2

La peregrinación a Tierra Santa sigue dejándonos el sabor de la Providencia.  

Una peregrina nos hizo llegar muy preocupada la pérdida de su móvil, había estado en la oración en el Primado, y se lo dejó, pero al volver a buscarlo, ya no estaba. Lo que en verdad había sucedido es que se lo había dejado olvidado en el autobús. 

Al salir de Ein Gev, en Galilea, revolvimos Roma con Santiago, porque una peregrina nos decía que le habían sustraído el bolso con el dinero y la documentación, por lo que deberíamos acudir en Jerusalén al Consulado español a solicitar un pase para el retorno. Durante todo el día llamábamos y escribíamos al kibutz en que nos habíamos hospedado, para que buscaran por todas partes el bolso, pero la respuesta era siempre la misma: “No encontramos nada”. Al llegar a Jerusalén y vaciar el maletero, allí estaba el bolso, y se nos quitó el peso de encima, y elevamos la acción de gracias.

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lun

19

nov

2018

Boceto

En muchas obras de arte se descubre que el artista, antes de ejecutarlas, ha hecho un boceto, o cartones, en caso de fabricar algún tapiz, y después él lleva a cabo en bronce, en piedra, en pintura…, lo esbozado.

Al cruzar el mar de Galilea, ante la imposibilidad de detener la travesía, sobre cubierta he tomado notas, que me sirvieran para plasmar después el paisaje interior y describir detenidamente la experiencia espiritual sentida.

La luz al alba, la bonanza del clima, la calma de las aguas, la presencia íntima, el deseo de sentir la experiencia interior, sin pretenderla, me envolvieron, y el abrazo del alma se hizo historia, por el viento sentido. La mirada en las entrañas tomó protagonismo, mientras la paz de la conciencia se afirmaba. La memoria revivía el recuerdo de otras veces, y en la mente se imponía el deseo de que otros amigos tuvieran las mismas sensaciones en sus pruebas. 

En el curso del viaje me preguntaba ¿qué tiene Galilea que fascina tanto? Acaso la causa consiste en que es Evangelio vivo, buena nueva, que incluso se percibe en la piel y en la conciencia. He sentido el perdón, el eco de la misericordia, la misma que sintiera aquel tullido de Cafarnaúm; he pedido la luz de los ojos, como aquel ciego de Betsaida; me ha venido la fuerza en el corazón, movimiento que sintiera Mateo al paso de Jesús; se han instalado en mí los deseos más nobles, semejantes a los de aquellos pescadores. Envuelto en alegría, por la presencia invisible, pero cierta, de quien en este Mar llamó al seguimiento a sus discípulos, sentí el privilegio de la fe.

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dom

18

nov

2018

Luz en el camino

Emprender un viaje-peregrinación con cincuenta participantes es un riesgo. Si uno se pone a pensar en las hipótesis posibles, se siente desbordado. Sin embargo, sin pecar de inconsciencia, cada vez que emprendo la peregrinación a Tierra Santa, me ayuda la certeza de la Providencia, tanto por la fe de los peregrinos, como por la oración de quienes nos acompañan espiritualmente.

Este último viaje comenzó con algunos signos que predecían circunstancias sorpresivas. A la hora de embarcar una peregrina se acercó con un pasaporte confundido, y no había solución, si no volvía a casa a por el suyo personal. La angustia se resolvió, cuando llegó un poco antes de cerrarse el mostrador de facturación. 

Al llegar a Tel Aviv, tuvimos que esperar más de una hora, porque no encontrábamos a dos peregrinos, además de que a otro lo había retenido la policía. Se comenzaban a sumar pequeños incidentes, y yo mismo me sorprendía de la calma que me acompañaba.

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