mar

10

abr

2018

El paso de la muerte a la Vida

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! ¡Qué bendición este encuentro en la octava de Pascua! Sí, muy queridos hermanos: ¡Cómo nos cuida nuestra Madre, la Iglesia! Ocho días completos celebrando todos los días, el mismo día, el único día, la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Porque como dice san Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1ª Co 15,14).

Como ya es tradicional, a nosotras y a todos los que celebramos el triduo pascual en Buenafuente del Sistal, los niños, adolescentes y jóvenes nos felicitaron la Pascua. En esta ocasión con “Hallelujah, Amen” de Handel. Tras la comunión, de la eucaristía del Domingo de Resurrección, fue la gran acción de gracias del coro y de los que les ayudaron. A la cual nos unimos todos los asistentes, en comunión con toda la Iglesia. 

Además del tiempo dedicado al ensayo musical, también reflexionaron acerca del significado del texto, y la trascendencia de este en sus vidas. Al finalizar la actuación del coro, los más pequeños, le ofrecieron a la Madre Abadesa cartulinas con el texto y estas consignas pascuales: “déjate guiar, Jesús, aleluya, paz, déjate llevar, Amor, luz, felicidad, amistad, familia, ponte en juego……”.

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mar

06

mar

2018

El amor no busca su interés

Muy queridos hermanos, ¡ya estamos en la tercera semana de Cuaresma!  Siempre la Palabra de Dios es guía, bordón en el camino. En nuestro “maratón cuaresmal” los evangelios dominicales son “como un sello en el corazón, como tatuaje en el brazo” (Ct 8,6). El domingo pasado la Iglesia nos propuso la perícopa de los vendedores del Templo, del evangelista san Juan. Como tanto nos dice nuestro profesor de Sagrada Escritura, D. Rafael Pascual, no podemos leerla en sentido literal, porque entonces sería una sencilla anécdota de la vida de Jesús. En este párrafo el propio evangelista nos da una pista importante: “Pero Él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 22,21). Por tanto, será acertado pensar que también habla de nuestro cuerpo: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? (1ª Co 6,19), dice san Pablo. Entonces, a lo mejor en nuestro corazón, templo del Espíritu Santo, hacemos negocios o, al menos lo intentamos, que no están en sintonía con la vida de Jesús. San Agustín lo explica muy bien: “Seremos en aquel templo como los compradores y vendedores, es decir, como los que buscan sus propios intereses”. Y “El amor no busca su interés” (1ª Co 13, 5). Frente a nuestra pobreza y miseria, está la misericordia de Dios: “Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios, que sois vosotros, es sagrado” (1ª Co 3, 17).

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mar

06

feb

2018

Siempre estoy contigo

Queridos, hermanos todos en el Señor:

 ¡Qué gozo la nieve caída los días pasados! Hasta ahora, a pesar de las grandes nevadas en muchos lugares de España, aquí sólo caía una finísima capa de nieve. Ante la penuria de agua, sólo pedíamos con el salmista: Lávame: quedaré más blanco que la nieve” (Sal 50, 9b). Ahora la espesa capa de nieve, el paisaje oculto por el manto blanco, es como si el Señor nos respondiese: “Voy a crear en tí un corazón puro, te voy a renovar por dentro con espíritu firme” (Cf. Sal 50, 12). Ya no va a ser un lavado superficial. Si Le dejamos, nos va a transformar desde dentro, como solo Él, nuestro Padre y Creador, puede hacer. Como telón de fondo de este temporal, tenemos la reciente solemnidad de la Presentación de Jesús en el Templo, celebración de la Vida Consagrada, un momento privilegiado para renovar nuestra entrega al Señor. Y acción de gracias por el gran don que es vivir sólo para Él. También, esta tarde es una oportunidad para agradecer todos juntos la llamada que hemos recibido en el Bautismo a participar de la vida divina: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 1).

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mar

09

ene

2018

Nada es definitivo, solo Dios

Queridos hermanos:

Se ha terminado la Navidad y ya disfrutamos del Tiempo Ordinario. Han sido días muy intensos, en los que en las celebraciones litúrgicas se derramó la gracia del Misterio que celebramos. Damos gracias por las bendiciones que nos concede el Señor, a nosotras y a toda la humanidad.

Así es también la vida, después del día viene la noche, tras las fiestas ha llegado el tiempo habitual de trabajo, estudio …etc.  Esta alternancia nos ayuda y nos sitúa en la verdad: nada es definitivo, solo Dios. Igual se expresa el refranero popular: “No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista”. 

A veces, vivimos tan centrados en nosotros mismos, que todo lo engrandecemos con el pensamiento. En esos momentos en que pensamos que el sufrimiento durará siempre, escuchemos al profeta Isaías: “Mirad a mi siervo” (Is 42, 1), en la primera lectura del Domingo del Bautismo del Señor. La imagen del Siervo de Yahvé nos enseña el amor de Dios a cada uno de nosotros.  Abrirnos a esta experiencia de sabernos amados de Dios: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1, 11) da sentido a nuestra vida. El Bautismo que recibimos siendo niños, ha ido realizándose a lo largo de la vida. En el himno de esta fiesta, cantamos el domingo: “Es Jesús, el ungido del Padre, el que viene del cielo, trayendo un bautismo en Espíritu y fuego para darnos su gloria de Hijo”. Este es el camino que hemos iniciado con el Tiempo Ordinario, y el de toda nuestra vida, ir creciendo en confianza en Dios Padre, ya que somos sus hijos. Y esto no quiere decir que todo nos tiene que ir bien; las circunstancias de la vida son diversas, unas veces más favorables, otras más adversas, pero todas ellas las mejores para revivir la gloria de hijo recibida en el Bautismo.

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mié

20

dic

2017

Mi Cristo está en mí y Él es el que lo hace todo

Muy queridos en el Señor:

En la puerta de la Navidad, del Nacimiento de nuestro Salvador, nos hemos encontrado en la oración y en la celebración de la Eucaristía, pero no como el año pasado por estas fechas, ¡no!; ¡ojalá nuestra vida sea como un tornillo, que cada vez que da una vuelta, se introduce un poquito más en el corazón de Dios! Tal vez, sea más acertado decir: ¡ojalá en cada vuelta abramos un poco más la puerta de nuestro corazón a Cristo! De esta manera, podemos dejar salir todo lo que estorba, entretiene los afectos y no deja entrar a Dios. Y así, con sincero corazón cantar con el salmista: “¡Portones alzad los dinteles! Que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria” (sal 24, 7). 

 A lo largo de todo el Adviento, que está a punto de finalizar, la Iglesia nos ha ayudado a prepararnos para acoger al Redentor. En la liturgia de la Palabra del Domingo pasado escuchamos a Juan Bautista decir de si mismo: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor” (Jn 1, 23). “Allanad el camino del Señor”, esta frase ha resonado muy particularmente en nosotras. Allanar en la convivencia cotidiana, facilitar que el Señor llegue al corazón de quienes viven cerca de nosotros, de quienes Él pone en nuestro camino. Allanar un camino significa quitar las piedras, rellenar los baches, en definitiva, facilitar el tránsito por él. A esto nos llama el Señor: a remover las piedras de nuestro orgullo, a rellenar los baches de nuestro egoísmo, en definitiva, a vaciarnos, a renunciar a nosotros mismos, al menos no poner resistencia a la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

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mar

14

nov

2017

Acoger y vivir la esencia del Evangelio

Queridos hermanos en Cristo:

Desde nuestra cita de octubre han transcurrido muchos días, muchos momentos de encuentro personal con el Señor y hemos vivido muchos acontecimientos. Unos días han sido más relevantes; otros, sumergidos en la cotidianidad. Todo ello pasado por “el colador” de nuestra subjetividad. En definitiva, días únicos, eslabones de la cadena de nuestra vida, de nuestra peregrinación hacia el cielo. 

Estos pensamientos sobre la vida diaria y particular de cada uno, nos han surgido en relación con las celebraciones del día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Jornadas que, más allá de lo puramente comercial y consumista, nos invitan a elevar la mirada a Cristo y a afrontar la realidad de nuestra finitud. Como decía santa Teresa de Jesús: “Nuestra vida es una mala noche en una mala posada”. Ciertamente estamos de paso en esta tierra; sin embargo, podrían decirnos que lo disimulamos muy bien. Tenemos una fuerte tendencia a querer asegurar la vida con bienes materiales, que no nos falte de nada. Y, con frecuencia, confundimos felicidad con bienestar. La consecuencia es fácil de adivinar, nos ocurre como a los discípulos de Jesús en el monte Tabor: “Maestro, qué bien estamos aquí, hagamos tres tiendas...” (Lc 9, 33). Olvidamos que estamos en camino, y cimentamos nuestra vida en el trabajo, la familia, los bienes materiales… Igual de torpes y necios que los primeros discípulos. Lo mismo que vivieron los israelitas en el desierto, que guardaron el maná para el día siguiente: “y salieron gusanos que lo pudrieron” (Ex 16, 20 b).

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