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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

 

TEXTO EVANGÉLICO

“Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»” (Mc 10, 7-9).

CONSIDERACIÓN

Sin duda, el texto evangélico que hoy se proclama en todas las iglesias ilumina las relaciones afectivas humanas. Si se comprende la salida del hogar de los hijos para contraer matrimonio, del mismo modo se deberá aceptar el abandono de la casa si se desea seguir una vocación evangélica.

Cabe aplicar el texto de san Marcos no solo a las relaciones afectivas interpersonales. San Juan, en el prólogo del Evangelio, afirma: “El Verbo se hace carne”. Si el matrimonio se describe como la máxima unión posible de formar una sola carne, ¿qué quiere decir entonces que el Verbo se hace carne? Sin duda que se puede interpretar que con la Encarnación, Dios se ha querido hacer una misma cosa con la humanidad.

Quienes por gracia se abren a la declaración de amor de Dios, llegan a sentir su pertenencia total, y se convierten en personas consagradas, testigos del amor divino como identidad personal profunda, al saberse amados de Dios, una misma cosa con Él. A esto estamos llamados todos. Jesús nos ofrece celebrar la Alianza nueva y que acojamos en nosotros el ofrecimiento de su amor. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

PROPUESTA 

¿Sientes la llamada a pertenecer al Señor? ¿Has experimentado su declaración de amor?