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Oración al Cristo de la Salud

Santísimo Cristo de la Salud, imagen venerada desde siglos en este lugar del Sistal, que llevas en tu rostro impresas las miradas suplicantes y agradecidas de miles de generaciones:

Hoy, en la fiesta de la Exaltación de tu Santa Cruz, quiero sumarme a tantos que han puesto ante ti su ruego y su alabanza, y dejar sobre tus pies mi beso, al mismo tiempo que recibo de tus labios el aliento de la esperanza, a pesar de las circunstancias en las que estamos. Sé ancla de confianza para tantos que comparten tu Cruz.

Tu serenidad dormida me transmite sosiego, y tu sueño me permite mirarte sin pudor y detener mis ojos en tu cuerpo tan herido por mi culpa. Y, al hacerlo, me retorna el soplo de tu boca que reanima mi conciencia, al sentirme habitado por tu Espíritu y envuelto en tu abrazo de misericordia.

Si me fijo en tus oídos, me parece como si no quisieras perder ninguna de mis palabras, y que prestas atención a mis súplicas para interceder ante tu Padre por las necesidades que te presento. Hoy me permito pedirte que escuches mi oración, que pongas tus oídos atentos a la voz de mi súplica y que extiendas tus brazos intercesores de tal forma que, como sucedió en tiempos de Moisés, nunca desfallezcamos en la lucha contra el mal y en la fidelidad a tu nombre.

La llaga de tu costado es lo que más me impresiona, cuando la contemplo convertida en torrente de gracia, en puerta por donde alcanzar tu corazón y en lugar donde esconderme en el recinto más íntimo, al que me llamas a pesar de mi pobreza. Me resuena el cántico enamorado que describe el lugar donde celebrar el amor, en lo escondido de la roca. Y ahí, en tan íntima intimidad, te ruego porque sigas siendo venerado y adorado en este lugar y porque nos sucedan generaciones contemplativas que mantengan la lámpara encendida del culto agradable. También para que Buenafuente siga siendo recinto abierto consagrado a tu nombre.

Cómo no reconocer y agradecer, en este tiempo de pandemia, tu amparo. Sentimos como si fueras un escudo protector que se interpone frente a todo mal, y nos haces sentir la certeza de tu providente defensa.

Hoy, a tus pies, unido a tantos que de generación en generación han cantado rogativas implorando tu poderosa bendición, recito el himno que te exalta: “Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza, jamás el boque dio mejor tributo en hojas, flor y en fruto”. Tú conoces lo que más necesitamos, como dice el salmista, pues antes de venir la palabra a mi boca, ya Señor, te la sabes toda. Tú me sondeas y me conoces, de noche penetras mis pensamientos, me estrechas con tus brazos. 

Santo Cristo de la Salud, que en este día, hace 52 años, has querido ungirme sacerdote tuyo y has atraído hasta este monasterio a tantas hermanas, no permitas que me separe de ti; concédeme, si es tu voluntad, proclamar tu misericordia, siendo mediación y testimonio de tu gracia, y bendice este recinto con vocaciones que prolonguen la entrega a ti, el culto a tu imagen y la hospitalidad benedictina más obsequiosa. Amén.