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Peregrinos

Adán debió de salir del jardín del paraíso; Abraham, obedeciendo la llamada divina y sin saber a dónde iba, emprendió el camino; Jacob, anciano, bajó a Egipto; Moisés acompañó a Israel a lo largo del Éxodo; Jesús dejó su pueblo y se hizo itinerancia de por vida.

La vida es una peregrinación, que exige despojos y concede hallazgos. No cabe mitificar edad. La existencia transcurre, sin poder detener el ritmo de los días, ni anclarse en la época atractiva de la juventud primera. Nadie puede asegurar los años, y cada día es una nueva etapa, de la que no se sabe del todo su incidencia hasta recorrerla.

El peregrino sabe que debe abandonar el albergue placentero, la etapa fácil, y también la más costosa, debe proseguir la andadura, aunque sea a paso de los niños. Si se desea obedecer el don de la existencia recibida, no cabe mitificar momento de luz ni de tormenta, para detener el paso.

La historia enseña que hay ciclos diferentes, austeros y más fecundos. A lo largo de los días se comprende o se sufre por lo que ensancha el corazón o por lo que oprime el alma. La experiencia es un crédito, que se alcanza tras los años y no se puede adelantar el conocimiento propio por lo que otros te digan haber sentido. No obstante, ellos advierten que es posible llegar a la cima, por mucho que haya sido necesario el esfuerzo y la aventura.

Si la vida es andadura, y la existencia tiene en el peregrino la imagen más exacta del modo de recorrer los días. Si el bordón es apoyo, defensa, compañía; si los pies suman los pasos errados y los ciertos; si hay posada grata, y estancia austera, según cuentan los que ya han subido a la montaña; a cada uno corresponde pertrecharse de ánimo y de fuerza, para no sucumbir por adelantar fatigas presentidas.

Nos corresponde emprender el camino, andar ligeros de equipaje, desprendidos, fiados en los que nos preceden, confiando en la llamada personal sentida, que no puede conducir al autoengaño, sino a tierra de promesa y al abrazo, si acompaña la paz.

Aunque no sirva el paso compañero para eximir a cada uno de dar el suyo, ayuda no saberse solo. No es pretencioso el proyecto de avanzar por la estepa, o por el prado; ni tener que remontar el repecho, o alcanzar la montaña más alta y escarpada, si se sabe de predecesores. A cada día le corresponde su vaso de agua, su paisaje frondoso y su desierto, siempre llevaderos, si se tiene dirección discernida de los pasos.

El peregrino no va nunca solo, pues sabe que quien llama a salir se compromete a caminar atento, al mismo paso ligero o fatigado, y promete la meta fascinante, avalada por lo que otros adelantan, sin engaño, haber ya alcanzado. 

Hay veces que uno camina voluntario y ágil, otras veces parece que avanza un tanto fatigado y cansado, lo importante es no volver atrás. Si es preciso, darse tiempo de descanso, y no olvidar que la vida es una travesía, para quien confía una meta luminosa.