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En memoria de los que se han marchado

TRES TEXTOS

Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» (Sal 115, 10)

“Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador” (Hab 3, 16-18).

«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Solo yo pude escapar para contártelo». Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor» (Job 1, 18-21).

REFLEXIÓN

En ocasiones, se levanta el muro que impide ver el horizonte, la noche que hace absoluta la oscuridad, el dolor que desplaza toda estancia serena. Y viene el eco escéptico: “Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio. Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl 12, 6-8).

Hay momentos en la vida en los que cruje la esperanza, se quiebra el ánimo, el vértigo llama al abismo, se pierde la alegría. No hay razón humana, ni palabra amable que consuelen. Todo parece desgracia y si alguien cae en desespero, se comprende su llanto y su tristeza. El silencio se apodera del ámbito social, quizá hasta la rebeldía. Y, sin embargo, sin que pretenda ser receta mágica, ni recurso psicológico, ni placebo momentáneo, la Palabra del Señor y el creyente que la atestigua se atreven a ofrecer una propuesta respetuosa: “Espera en el Señor, sé valiente, espera en el Señor, que volverás alabarlo” (Sal 26).

Confiar en el amor de Dios no es chantaje que le hacemos. Apostar por Él no es decisión irracional ni opción espiritualista. Quien se atreve a dar crédito a la Palabra divina no quedará defraudado. Es una apuesta por la bondad de Dios, una certeza de su fidelidad, una reacción que supera toda lógica; quien por gracia opta ella, experimenta la paz.

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias. El mismo orante que reconoce su situación extrema, también proclama: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo” (Sal 115, 12-14). 

“Fijaos en las generaciones antiguas y ved: ¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado?, o ¿quién perseveró en su temor y fue abandonado?, o ¿quién lo invocó y fue desatendido?” (Eclo 3, 10) Y escribe san Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos (Rom 14, 8-9). Los que nos han precedido viven, y podemos invocar sus nombres como nuestros mejores intercesores, de manera especial los de nuestros seres queridos.