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Domingo de la Divina Misericordia

EVANGELIO

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».” (Jn 20, 24-29)

COMENTARIO

Apóstol Santo Tomás, tu testimonio nos ayuda a valorar el don de la fe y a sentir la bienaventuranza que más necesitamos para avanzar por el camino de la existencia, de manera especial en esta hora de pandemia. 

Si tú, al poner tus manos en las llagas del Resucitado, exclamaste sobrecogido: “Señor mío y Dios mío”, en esta hora de tanto dolor y sufrimiento, sentimos la oportunidad de rendir la mente y de extender las manos solidarias hacia tantas personas y familias heridas por el despojo de seres queridos y por las secuelas que está produciendo la covid 19.

Es muy fuerte todo lo que nos transmiten las noticias cada día sobre las consecuencias de esta hora de prueba, sobre todo las consecuencias destructivas del ánimo, por la soledad, la quiebra, el rompimiento familiar, los contagios…

Sigue siendo un reto confesar la alegría pascual al tiempo de tocar las llagas.  Reconocer la presencia de Cristo resucitado a través de sus manos llagadas y de su costado herido es la mayor posibilidad de trascender las huellas de tanto sufrimiento. Nunca imaginábamos que el dolor, la soledad o el límite de la desesperanza pudieran ser las circunstancias que dieran la oportunidad para confesar la certeza de la presencia de Jesucristo resucitado.

Apóstol y amigo de Jesús, intercede por nosotros para que en esta hora nos atrevamos a percibir la luz de las heridas, el destello en la noche, la mano tendida y el acompañamiento compasivo del Señor en los momentos en los que nos podamos sentir más solos. Tu retorno al lugar donde permanecen los discípulos de Jesús también nos enseña la referencia comunitaria, relación liberadora de todo movimiento introvertido y desesperanzado.  

Contigo, apóstol Santo Tomás, más allá de percibir la total superación de la pandemia, confesamos a Jesucristo como nuestro Dios y nuestro Señor.