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Pregón de Semana Santa, 2021

¡VAMOS A JERUSALÉN!

INTRODUCCIÓN

Reunidos esta tarde para reavivar en nuestro corazón el sentimiento piadoso de venerar los pasos de la Pasión de Jesús y de su santísima Madre, ante los días santos en los que la Iglesia celebra los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, saludo a todos con las mejores palabras, que son santo y seña de nuestras hermandades y cofradías de Guadalajara: “¡Esperanza!, ¡Paz!, ¡Amor!, ¡Misericordia!”, actitudes que nos deben acompañar especialmente estos días de oración, caridad y silencio, en los que participaremos en las celebraciones del Triduo Pascual y contemplaremos las veneradas imágenes de Ntro. Padre Jesús de la Salud y Mª Santísima de la Esperanza Macarena; de Nuestra Señora de los Dolores; de Cristo Yacente y Santo Sepulcro; de Nuestra Señora de la Soledad; de Nuestro Padre Jesús Nazareno y de María Santísima de la Misericordia; y del Santo Cristo del Amor y de la Paz, en sus respectivos templos, al no poder ir con ellas en procesión a causa de la pandemia.

 

Las imágenes que veneramos representan al Señor, a su santísima Madre, a los santos. El culto a la imágenes no es una idolatría, sino una expresión piadosa que manifiesta la fe en el misterio de la Encarnación, en el Dios hecho hombre, nacido de mujer. Por esta opción divina la materia contiene una sacramentalidad, y la humanidad entera queda divinizada. Dios se ha hecho hombre, para que el hombre alcance la gloria de Dios. ¡Traspasemos la imagen y encontrémonos con quienes representan!

LES HAGO UNA INVITACIÓN: ¡VAMOS A JERUSALÉN!

Asumo con respeto y gratitud el oficio de pregonero, y siento a su vez el privilegio de poder ser voz que anuncia la verdad fundante de nuestra fe cristiana, al poder proclamar en voz alta y ante todos Vds., sin eufemismos, que Jesucristo no es leyenda, Él padeció, murió y resucitó. Por ello: “Alzo mi voz a Dios gritando, alzo mi voz a Dios para que me oiga.” (Sal 76, 2) y anuncio en el nombre del Nazareno la invitación a realizar el camino más existencial, el de subir, detrás de Él, a Jerusalén.

Desde que el presidente de la Junta de Hermandades de Guadalajara, D. José Vega, me invitó a dirigirles estas palabras, ya en 2020, me surgió el paralelismo que cabe establecer entre los recorridos procesionales de Semana Santa y la propuesta de Jesús a los suyos, en los días previos a su Pasión, aunque esta vez, al igual que el pasado año, no podrán salir a la calle las veneradas imágenes. “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado; lo condenarán a muerte, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará.” (Mc 10, 33-34)

La piedad popular se manifiesta especialmente estos días en los cultos que rinden las distintas Hermandades a sus imágenes titulares. Quienes observan estas expresiones y manifestaciones religiosas -sociólogos, antropólogos, historiadores, teólogos, políticos…-, cada vez respetan más su profundo significado, que nace del hondón del ser y que en muchos casos es el rescoldo que permanece en el corazón del creyente, que se reaviva estos días y mueve a tantos cofrades a la práctica de los sacramentos, a la oración de súplica, a la ofrenda sacrificada, a compartir los bienes, a gestos íntimos que solo Dios ve. ¡Cómo no valorar tanto trabajo de los miembros de las hermandades, trabajo voluntario, piadoso y solidario, que se ofrece de manera gratuita y anónima como expresión de amor a N. P. Jesús, el Nazareno, y a su Santísima Madre!

Estos días, la Iglesia nos invita a acompañar al Señor en su decisión inquebrantable de subir a Jerusalén a entregar su vida por amor. Él, en cumplimiento de la voluntad de su Padre, y para sellar la Alianza nueva y eterna, por la que ya nada nos podrá separar del amor de Dios, sube con paso decidido delante de sus discípulos. Nuestra participación en los diferentes cultos de Semana Santa, aunque no pueda hacerse con procesiones, significa el sincero deseo de ir detrás del Señor y seguir sus pasos, con sus mismos sentimientos.

Cabe como indica san Gregorio Nacianceno verse reflejado en alguno de los personajes de la Pasión de Jesús.

JESÚS VA SIEMPRE POR DELANTE

El Evangelio de san Marcos, que nos acompaña especialmente este año, describe que Jesús, en su última subida de Jericó a Jerusalén, “iba delante de sus discípulos; y ellos estaban sorprendidos” (Mc 10,32). No hay detalle vano en las Sagradas Escrituras. En el relato evangélico se advierte la posición adelantada del Maestro. Esta observación suscita la relación con el libro del Éxodo, en el que se describe cómo los israelitas eran conducidos por el Señor a través del desierto: “El Señor caminaba delante de los israelitas. No se apartaba de delante del pueblo ni la columna de nube, de día, ni la columna de fuego, de noche” (Ex 13,21-22). Esta concordancia nos revela el posible sentido que ha deseado evocar el evangelista, al señalar la posición que toma Jesús en la subida a Jerusalén. Si en Éxodo, el Señor va por delante, como guía y defensa (cf. Ex 14,19-21), en la subida a Jerusalén, Jesús se convierte también en guía y protección.  Si elBuen Pastor”, según el Evangelio de san Juan, al describir el oficio del señala que cuando el pastor ha sacado todas las ovejas “camina delante de las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Jn 10,4). Si el Resucitadova por delante -“No está aquí, ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis” (Mt 28,7). Al ver a Jesús ir por delante, subiendo hacia Jerusalén, cabe relacionar los tres momentos esenciales: La salida de la esclavitud y travesía del desierto, la última subida de Jesús a Jerusalén, donde tendrá lugar su pasión y muerte, y el acontecimiento pascual de la resurrección de Jesucristo, correspondencia clave para reinterpretar el camino de la existencia.

Las referencias señaladas abrazan toda la historia de Salvación y la de cada uno, y encierran todo el Misterio Pascual. Dios no saca a su pueblo de la esclavitud para hacerlo perecer en el desierto, sino para conducirlo a una tierra de libertad. Jesús no nos engaña al invitarnos a subir a Jerusalén, donde va a morir. Si bien es verdad que Jesús exigirá a los discípulos que vayan detrás de Él con la cruz y entregar la vida, también los aguarda, resucitado, en Galilea (Mt 26,32). Él va siempre por delante, Él nos precede. En lenguaje paulino, donde va la cabeza, van los pies, pues “nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo” (1 Cor 10,17), y dice el apóstol: “Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo” (Col 1,18).

Al comenzar la Semana Santa, no perdamos la perspectiva. No seguimos a un perseguido por la justicia, a un condenado a muerte. No somos gente enfermiza que se goza con el dolor ajeno, sino que contemplamos al Crucificado en los días de su Pasión y a su bendita Madre, porque creemos que Jesucristo, nuestro Salvador, ha resucitado. Quizá esta sea la causa por la que en algunos lugares la procesión se abre con la Cruz de guía. Jesús va siempre por delante y a la vez que nos espera, nos acompaña. Santa Teresa exclama: Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero.” (Vida 22, 6)

PARTICIPANTES EN LA SUBIDA A JERUSALÉN

Desde la consideración expuesta, presento las distintas actitudes que tienen los diferentes personajes, que entran en escena en el relato de la última subida de Jesús a Jerusalén, según el Evangelio de san Marcos. Me fijaré de manera especial en el protagonismo de Jesús, también en el de sus discípulos; en el de los acompañantes; en la reacción del ciego de Jericó; y en la hospitalidad de los amigos de Betania.

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS

Jesús, al presentir lo que le aguarda, comparte con los suyos la sombra que se cierne sobre Él: “Mirad, el Hijo del hombre va a ser entregado, lo matarán y a los tres días resucitará” (Mc 10, 33-34).  Ante esta declaración del Maestro, extraña la reacción de los apóstoles, y entre ellos, de los más íntimos de Jesús. No era la primera vez que les hablaba de su muerte. “Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres… Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9, 30-34). Texto que vuelve a expresar el contraste entre lo que les comunica Jesús a sus discípulos y la falta de sensibilidad o de atención que ellos demuestran.

¿Cómo es posible, que los más íntimos de Jesús, sus amigos, después de tres años de enseñanzas impartidas por el mejor Maestro, en un momento tan grave como la última subida a Jerusalén, y hablándoles a corazón abierto de su próxima Pasión, reaccionen de una manera tan egoísta, y especulativa? Cuando le dicen: “«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir», Jesús les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda»” (Mc 10, 35-37).

PERSONALIZACIÓN

No seamos espectadores. Al personalizar la actitud de los hijos de Zebedeo, uno se avergüenza, porque cabe que nuestra religiosidad, nuestras pertenencias cofrades, nuestra identidad cristiana no esté exenta de egoísmo, de afán de poder, de especulación y de deseos de aparecer, de lo que llama Santa Teresa “puntos de honra”. Creo que la tradición de que en muchos lugares los hermanos participen en la procesión con el rostro tapado ayuda a superar la posible tentación vanidosa y especuladora. Sin embargo, a todos los que deseamos acompañar a Jesús estos días, aun con la mejor voluntad, deberemos estar atentos para no tropezar en actitudes vanidosas, pretenciosas o con afán protagonista y menos con egoísmo. Duelen las noticias de quienes en tiempos de pandemia se aprovechan de la necesidad del prójimo por afán egoísta y especulador.

Los expertos en Sagradas Escrituras señalan cómo se deben entender personalmente las cuestiones que propone la Biblia. Las preguntas que el autor sagrado incluye en el pasaje no se limitan únicamente a los personajes evangélicos; que el lector debe hacerlas suyas y entrar en la escena como actor. Jesús, esta noche, nos pregunta a cada uno, a la vez que nos mira con cariño: «¿Qué queréis que haga por vosotros? ¿Qué quieres que haga por ti?»

Hermano cofrade y quienes escucháis el interrogante del Maestro a sus discípulos, estoy seguro de que este año de manera especial, tenéis vuestros ojos fijados en alguno de los pasos del Señor y de su Santísima Madre, por la necesidad que todos estamos sintiendo de su intercesión, para que termine esta hora de prueba.

Ante la imagen del Nazareno, del Ecce Homo, del Crucificado, de la Virgen de la Soledad, de Cristo yacente, déjate interpelar por la pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” Quizá llevas en tu intención pedir la salud de los tuyos, la solución de un problema familiar, la superación de la pandemia, el restablecimiento económico o de la situación laboral. Los apóstoles pidieron honor, poder, primeros puestos, y entre ellos apareció la envidia, y fueron víctimas incluso de los celos: “Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan” (Mc 10, 41). Si ante la actitud de los discípulos nos sentimos denunciados, que no nos paralice la vergüenza al vernos reflejados en ellos. Lo importante es mantenernos en el camino, por el mismo sendero por el que asciende el Maestro, sin perderlo de vista. La vida espiritual es un proceso. No perdamos la dirección del guía que nos precede camino de Jerusalén para dar la mayor prueba de amor. Él siempre nos ofrece la misericordia. Escucha dentro de ti: ¿Qué quieres que te haga?

EL CIEGO BAR TIMEO

El relato evangélico, en contraste con la presencia de los que caminan con Jesús en dirección a Jerusalén, alude a una figura que, en principio, parece un contratiempo en el deseo de ascender ligeros hacia la meta. Se trata del ciego Bar Timeo, a quien el evangelista sitúa fuera de murallas, en la periferia, a la intemperie, echado en el suelo sobre su manto, al borde del camino, pobre, mendigo, enfermo crónico, marginal, hijo de un hombre de mala fama; eso significa su nombre, Bar Timeo. Datos suficientes para interpretar que la situación de este personaje es realmente límite, y que, según nuestra consideración natural, no tiene remedio.

La escena evangélica del ciego de Jericó, que encontramos inmediatamente antes de la Pasión, se convierte en llamada. Si por razón de la pandemia, o por otras causas, uno se siente derrotado, hundido y al borde de la quiebra, la expresión:Levántatees contundente.

Viendo la reacción del ciego de Jericó, nadie podremos aducir, por sentirnos incapaces, que nuestras circunstancias son ya tan crónicas y desesperanzadas que son algo irremediable que nos impide levantarnos y seguir a Jesús. Conozco a quienes, después de haber permanecido en la mayor oscuridad, por seguir los instintos más bajos, al dejarse mirar por Jesús y por su Madre, han sido capaces de irrumpir con fuerza, e iniciar una nueva vida, como conversos creyentes, deseosos de seguir al Señor.

PERSONALIZACIÓN

A las personas se las reconoce por cómo van vestidas. Además, el ciego, con el gesto de dar un salto y de ponerse en pie, toma la postura de quien decide cambiar de vida y de sobreponerse al pacto con la mediocridad y al entreguismo, con la inercia y con la apatía desesperanzada. Ponerse en pie, levantarse es la actitud noble que significa conversión, reinicio del camino, novedad de vida, más aún cuando el salto lleva a Bar Timeo, el ciego, a ponerse ante Jesús cara a cara, momento en  que el Señor, le pregunta, de igual manera que a los discípulos: “¿Qué quieres que te haga?” (Mc 10, 50-51).

Si nos introducimos en la escena, la pregunta del Maestro nos lleva de nuevo a entenderla dirigida a cada uno: ¿Qué quieres que haga por ti? Lógicamente, el ciego pide ver. Pero este ver no es solo recuperar la visión física. Jesús le responde: «Anda, tu fe te ha salvado», y el ciego pasa de ser una persona desahuciada a alguien rehabilitado; de aparecer como un hombre deshecho, tumbado, a recuperar la dignidad, puesto en pie; de ser uno que carece de visión, a ver el sentido de la vida de otra manera. Es la fe la que lo convierte en discípulo: “Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 52). Ver es creer.

A ti, cofrade, a cada uno de nosotros, el texto nos infunde una gran esperanza, porque difícilmente podremos argumentar, viendo la transformación del ciego, que nuestra situación no tiene remedio, que nuestra enfermedad o estado interior es incurable, o que nuestras dolencias son ya tan crónicas, que no podemos superar nuestra postración. El ciego, totalmente hundido, gracias a la mediación de quienes le hablaron del paso de Jesús, gritó, se levantó, abandonó su postración, recuperó la fe, y se convirtió en discípulo, en seguidor de los pasos del Nazareno, de Aquel que iba a dar su vida. Dice santa Teresa: “No me ha venido trabajo que, mirándoos a Vos cuál estuvisteis delante de los jueces, no se me haga bueno de sufrir.” (Vida 22, 6).

También cabe sentir el impulso a ser mediación que transmita esperanza a quienes sufren la inclemencia más aguda y convertirse en manos alargadas que ayuden al deprimido y al hastiado a levantarse animoso. A ti que vives circunstancias adversas, sin que sea un consuelo barato, en nombre de Jesús te digo: “¡Levántate!”, no pactes con el no hay remedio.

LOS ACOMPAÑANTES

La narración evangélica señala que detrás de Jesús iban los discípulos y otras personas, a las que el ciego pregunta: “¿Qué pasa?”, y ellos le responden: “Jesús el Nazareno”. E inmediatamente, el ciego se pone a gritar de manera insistente y suplicante: “Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”, oración que se ha hecho expresión contemplativa y litánica. Es tan fuerte el grito de Bar Timeo que llega a oídos de Jesús, quien pregunta: “¿Qué es eso? Y le responden: “Un ciego que grita”. El Maestro ordena: “Llamadlo”. Y los que iban detrás de Jesús le comunican al ciego: “Levántate, que te llama”. El ciego soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”.

Los que van con Jesús, se convierten en transmisores de la presencia del Señor para el ciego y del grito del ciego a Jesús. Como consecuencia, acontece la reacción del hijo de Timeo, quien al escuchar que le llama el Nazareno, suelta lo único que posee, el manto, se pone de pie de un salto y se acerca a Jesús”. Soltar el manto no es solo desprenderse de una pieza de abrigo, sino que significa abandonar, en este caso, la postración, la inercia, la apatía, el pensar que no hay remedio, la actitud desesperanzada, la tristeza, hasta la posible depresión. Es una reacción muy necesaria en este tiempo de pandemia. En la Biblia, el manto significa la identidad de la persona. Es distinto el manto del rey que el del ciego, distinto el manto del pobre del manto del sumo sacerdote.

PERSONALIZACIÓN

Te invito a considerar cada una de estas acciones y no solo como espectador. El relato alude expresamente a quienes van en la caravana junto a Jesús y a sus discípulos. Traslademos la escena a nuestras hermandades y cofradías, a nuestras familias. Cada uno, como aquellos que iban junto a Jesús, tenemos la posibilidad y hasta la llamada de decir al que nos encontremos en el camino lo que supone haber conocido al Señor. Cofrade, háblale a tu vecino, a tu amigo, a tu compañero de trabajo de tu imagen, de quién es Jesús Nazareno; de quién es el Crucificado, y quién es su Madre. Explícales lo qué significa la imagen de Jesús con las manos atadas, de Cristo Yacente, de la Cruz desnuda. Háblales de la Soledad, de la Virgen de los Dolores, de la Esperanza.

LA CASA DE LOS AMIGOS

Dice el evangelista que Jesús, antes de entrar en Jerusalén, se hospedó en casa de sus amigos, en Betania. Allí le obsequiaron, le sirvieron una cena, le demostraron amor hasta derrochar el frasco de perfume costoso derramándolo a sus pies. Jesús defendió el gesto de la mujer. Estos días cabe que, al ver el adorno de vuestros pasos, alguien pueda pensar que sería mejor acompañar a Jesús con obras de caridad. Creo que todas las cofradías, además de ofrendar de manera gratuita el tiempo y la belleza con la que adornáis vuestras imágenes, son sensibles hacia quienes sufren mayor necesidad. Quien no conozca el amor que tenéis al Señor y a su Santísima Madre, no puede comprender lo que hacéis. Otros años dedicabais horas de vela, procesiones larguísimas, sin importar el clima, gestos que significan tanta luz en tiempos tan oscuros. Este año cabe permanecer como María junto a la Cruz, en silencio y en oración especial por tantos que nos han precedido en la fe y han muerto por causa de la pandemia.

PERSONALIZACIÓN

Estoy seguro de que el bálsamo de vuestra generosidad llega a los que prefería Jesús, los más pobres, los enfermos, a los que representan al ciego de Jericó, y que hoy nos encontramos en el camino. Con Santa Teresa, “no os pido más de que le miréis. Pues podéis mirar cosas muy feas, ¿y no podréis mirar la cosa más hermosa que se puede imaginar? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos” (CP 26, 3). Dejaos mirar por los rostros de Nuestro Padre Jesús, el Nazareno, y los ojos misericordiosos de María, su santísima Madre, y todo os será fácil y posible. Dejaos mirar por los necesitados.

JESÚS, EL HIJO AMADO

Pero volvamos la mirada al Señor. En su última subida a Jerusalén, Jesús parte de Jericó y va por delante de los discípulos. No es indiferente que se cite el punto de partida. Si la ciudad santa es propuesta y descrita como símbolo e imagen del pueblo de Dios y de toda la humanidad, objeto del amor divino, y a ella suben las tribus del Señor como peregrinos, al Monte Sión, ciudad del gran Rey (cf. Sal 121), Jericó es el lugar más hondo de la tierra, unos 300m bajo el nivel del mar. En sus inmediaciones se venera el lugar histórico donde Jesús fue bautizado. Precisamente, en el valle del Jordán, después de haber sido bautizado Jesús, se escuchó la voz del cielo: “Este es mi Hijo, el amado” (Mc 1, 11), voz que resonó, también, en el monte alto (Mc 9, 2-7). Si relacionamos el lugar más hondo, que es Jericó, con el monte alto, y en ambos pasajes acontece la misma declaración de Dios sobre Jesús; si en Jerusalén es donde Jesús va a ser levantado en alto, es posible relacionar la experiencia que tuvo Jesús en lo alto del monte con la que le aconteció en el lugar más profundo, la de saberse el Hijo amado de Dios. Por esta concurrencia, interpreto que toda la vida de Jesús estuvo abrazada por el amor de su Padre. Esta es la experiencia fundante de Jesucristo, saberse el Hijo amado de Dios, su Padre. Considerándolo así, entendemos que Jesús realiza la última subida a Jerusalén por amor, por saberse amado, para llevar a cabo la voluntad de su Padre: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16.17).

Subir a Jerusalén representa no solo el lugar histórico donde Jesús murió en la Cruz, sino el lugar teológico. Jerusalén simboliza a todo el pueblo de Dios, a la esposa, a la humanidad. Dios, que es fiel, no se retracta de su promesa, aún en daño propio, y lleva a consumación su alianza de amor por medio de su Hijo hecho hombre. Jesús ha sido enviado para sellar el pacto, la alianza de amor, y lo hace como un enamorado, para dar su vida por su esposa, la Iglesia. Por amor a ti y a mí, a cada ser humano. El secreto de Jesús es el amor con el que se siente amado, y desde el que ama. “Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo. Levantaos, vámonos de aquí” (Jn 14, 31), dirá Jesús en Getsemaní. Sí, subamos con Él a Jerusalén, recorramos los últimos pasos de su vida, y como Él, por amor y con amor.

Jesús no sube a Jerusalén de manera prepotente, fanática, por titanismo heroico, sino por la fuerza secreta e íntima que le da saberse amado. Sabiendo que va a morir, no se arredra ante la dificultad porque se fía de su Padre. “El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo” (Jn 8, 29)

El cristianismo no es un código de moral, ni un ascetismo voluntarista, sino que, a ejemplo del Maestro, es un seguimiento por amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Se ha convertido en cita luminosa la expresión de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCest 1); por un encuentro con Jesucristo. Ahora se comprende mejor lo que dice el profeta:Por amor a Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores.  Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo” (Is 62, 1-6).

Y también al vidente del Apocalipsis: «Mira, te mostraré a la novia, la esposa del Cordero». Y me llevó en Espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino. (Ap 21, 9-11).

¡VAMOS A JERUSALÉN!

Es posible que nos quedemos a distancia de la actitud y la intención del Maestro en su ascenso a Jerusalén porque nos sintamos egoístas. Mas siempre cabe que nos convirtamos, al menos, en sus amigos. Esta oportunidad la tendremos los próximos días, y sobre todo al relacionarnos con quienes son probados y necesitan de nuestra ayuda, de nuestras manos tendidas, hechas hospitalidad, aceite y vino samaritano, fragancia de buen olor, por la generosidad de nuestros actos, colmados de amor, vaso de agua para el sediento de sentido.

 

¡Vamos a Jerusalén, la ciudad santa, al Monte Sión, al lugar sagrado donde Jesús entrega su vida por amor! No como curiosos, ni como espectadores, sino como discípulos y amigos del Señor. ¡Vayamos como el ciego de Jericó, con los ojos puestos en Jesús!

¡Subamos a Jerusalén, con los pies descalzos! Que es tierra sagrada la cumbre santa. No mires hacia atrás, ni eches las cuentas. Lancemos la mirada al horizonte. Jesús nos precede, amado y decidido. Y tras Él van los pasos del que cree, sin importarle el precio del despojo, con ojos de luz y siempre abiertos.

¡Seamos compañeros del Señor! Y cabe que nos llame sus amigos. Con sus ojos nos mira y nos pregunta: “Dime ¿qué quieres que haga por ti?” Y con temblor, por saberme frágil: Señor, quisiera ir siempre tras tus pasos, ascender detrás de ti hasta la cumbre, y llegar como el ciego compañero, hasta compartir por amor tu entrega.

Hermanos, cada uno tiene estos días la invitación más existencial, la de recorrer la vida con los ojos abiertos, detrás de Aquel que murió y resucitó, y a la vez se ha convertido en compañero de camino.

 

¿Qué quieres que haga por ti? ¡Levántate! ¡Vamos a Jerusalén. Jesús va por delante! Santa Semana.