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El fariseo y el publicano

EVANGELIO

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no» (Lc 18, 10-14).

SANTOS PADRES

Dichosos los misericordiosos -dice la Escritura-, porque ellos alcanzarán misericordia. La misericordia no es, ciertamente, la última de las bienaventuranzas. Y dice también el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y asimismo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Hagámonos, pues, dignos de estas bendiciones divinas” (San Gregorio Nacianceno). 

CONSIDERACIONES

¡Cuántas veces pensamos que es por nuestra perfección por lo que Dios nos ama! Y en realidad, lo que apiada al Señor es nuestra humildad y la conciencia de pobreza.

La Iglesia, siempre que inicia su oración, nos invita a reconocer nuestra necesidad de misericordia: “Dios mío, ven en mi auxilio”.

Jesús es el misericordioso, el bienaventurado, el que cuida del pobre y desvalido haciéndose presente especialmente en ellos.

PROPUESTA  

Cuando rezas, ¿te acercas con humildad, reconociendo tu pobreza, o de manera pretenciosa?