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En la muerte de sor María Jesús

Acogidos a la Palabra de Dios

 

La naturaleza percibe el desgarro, la fe se atreve a confiar. La petición de Dios a Abraham de ofrendar al hijo, la sentimos al ver la debilidad de Buenafuente, que sufre el confinamiento, y hoy ofrenda la vida de Sor María Jesús en total soledad. Dice la Biblia: “Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: «¡Abrahán!» Él respondió: «Aquí estoy». Dios dijo: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré». Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el holocausto y se encaminó al lugar que le había indicado Dios (Gn 22, 1-3).

 

Puede parecer que Dios es sádico y, sin embargo, sabemos que cuando pide algo es porque se dispone a darnos algo; mas, como dijeron los jóvenes de Babilonia, aunque no nos dé, nos fiamos de Él. Y hoy hacemos la ofrenda de la vida de nuestra hermana, que se une a la de tantos que son llamados por el Señor. 

Como san Pablo, sentimos de manera especial la experiencia de acoso de numerosas circunstancias que, sin embargo, no nos hacen dudar de Jesucristo: “Nosotros, unos locos por Cristo, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos (1Cor 4, 10-13). Nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo (2Cor 6, 3-10).

 

En esta hora recia, en la que se nos recuerda la orden general de confinamiento y por ello no podemos compartir físicamente con tantos amigos el dolor y la esperanza por la muerte de la Hna. María Jesús, nos sostiene el testimonio de la Virgen, quien permanece de pie, sin derrumbarse, cuando se le pide entregar al Hijo. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 25-30).

 

Esta reacción nuestra no es la de hacernos fuertes como efecto de la adrenalina con la que nuestra naturaleza se defiende en momentos límite. Sentimos de manera serena la paz interior, la fortaleza de ánimo, el testimonio de las Hermanas, la solidaridad con tantos que pierden a sus seres queridos. Y nos atrevemos a decir: “¡Bendito sea Dios!” “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y que nuestra hermana descanse en paz e interceda por nosotros.