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Confinados en la hendidura de la Roca

En estos tiempos de confinamiento, cada día bebo a sorbos la Palabra de Dios para aliviar la circunstancia adversa. Me ayuda el ritmo de la Liturgia de las Horas. Entrada la noche, rezamos el Oficio de Lecturas y me ha sorprendido el texto de san Bernardo: “¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo sino en las llagas del Salvador? Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre piedra firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor.” 

San Juan llega a afirmar: “En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo” (1Jn 3, 19-20).

¡Cómo necesitamos introducir en nuestra mente la afirmación del abad Bernardo, y sobre todo el texto bíblico! En general nos entusiasmamos cuando nos sentimos cumplidores, como si por ello tuviéramos título que acreditara nuestro derecho a ser escuchados, defendidos y librados por Dios. Y si nos vemos frágiles, nos hundimos.

La defensa, el lugar donde resguardarnos para quedar no solo protegidos, sino enamorados, nos lo señala el poema de amor divino, el Cantar de los Cantares: “Levántate, amada mía, | hermosa mía, y vente. Paloma mía, en las oquedades de la roca, | en el escondrijo escarpado, | déjame ver tu figura” (Ct 2, 13-14). El texto bíblico inspira el poema místico: “En la interior bodega/ de mi amado bebí. Y luego a las subidas/ cavernas de la piedra nos iremos/ que están bien escondidas/ y allí nos entraremos/ y el mosto de granadas gustaremos” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).

De santa Catalina de Siena se recuerda este testimonio: "Yo confieso a mi Criador que mi vida estuvo siempre en tinieblas; pero me esconderé en las llagas de Cristo crucificado, y en su preciosa Sangre lavaré mis iniquidades, y con santo deseo me gozaré en mi Creador" (Santa Catalina de Siena).

Debo reconocer que estoy lejos de sentir tanto cobijo y protección, pero si los santos lo testimonian, aunque no lo sintamos, estamos cobijados en el hondón de las entrañas divinas. Los místicos son regalos que nos hace la Providencia para comunicarnos aquello que el común de los mortales no vemos ni sentimos, pero ellos dan fe de que es verdad. 

En tiempo de soledad, de confinamiento, cuando nos puede superar el aislamiento obligado, traer a la mente la experiencia que otros han tenido del amor de Dios nos puede ayudar, aunque a nosotros nos corresponda el papel del hno. León, quien cuando san Francisco de Asís entraba en éxtasis y se olvidaba de cenar y de dormir, y quedaba absorto en la vivencia de sentir que Dios era su Dios. Cuando volvía de sus arrobos y le preguntaba al hermano, este le decía: “Tú muy bien con tu Dios, pero yo sin cenar y sin dormir”. Sin embargo, consuela saber que Jesús se nos ha ofrecido como cobijo y defensa en nuestra intemperie, aunque no lo percibamos.