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Circuncisión del corazón

“Circuncidad vuestro corazón, no endurezcáis vuestra cerviz, pues el Señor, vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores” (Dt 10, 16-17).

Cuando leemos o escuchamos la reacción de los primeros discípulos de Jesús de dejar la barca, las redes y la familia, solemos interpretar que tal exigencia corresponde a los que son llamados al seguimiento de Jesús más de cerca. “Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él” (Mc 1, 17-20). 

El texto, en general, se aplica de manera exclusiva a los consagrados, a todos los que dejan la familia por seguir una vocación especial. Pero ¿cabría extender el sentido del texto a situaciones en las que se siente y se sufre el despojo de los seres queridos?

Sin duda que es un acto de generosidad, de oblación y de obediencia a la llamada el seguir los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y ofrendar el legítimo deseo de tener descendencia en aras a dedicarse enteramente al culto divino y a los demás. Pero cuando se ha recibido el don de formar una familia y acontece el desprendimiento de los hijos, porque siguen una vocación especial, o cuando de manera inesperada y a veces dramática se pierde a un ser querido -a los padres, al esposo, a la esposa, a algún hijo, a un amigo- ¿significará también radicalidad evangélica, si se acepta, aun con dolor, el arrancón de aquellos a los que amas?

Esta reflexión me ha surgido al comprobar la selección de lecturas que hace la Iglesia en el tercer domingo del Tiempo Ordinario “B”, en el que a la vez que se proclama el evangelio de san Marcos, donde se alude a la llamada de Jesús a los primeros discípulos, se lee el texto paulino en el que el apóstol aconseja: “Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina” (1Cor 7, 29-31).

En tiempo de pandemia, cuando cada día acosan las noticias de fallecimientos de personas queridas, amigos, familiares, miembros de comunidad, ¿será momento de asumir el consejo paulino? Sentimos que se desnaturalizan las relaciones con la exigencia a la distancia, a la mascarilla, con el confinamiento; la soledad de los enfermos en los hospitales, la de los ancianos en sus casas, son despojos que obligan a circuncidar el corazón o a sentir el terrible zarpazo del aislamiento solitario. Estas circunstancias ¿se podrán aplicar las palabras de Jesús: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna”? (Mt 19, 29)  

El Evangelio nos llama a formar la familia de los hijos de Dios, a las nuevas relaciones interpersonales, que no tienen fronteras, a superar los vínculos de la carne y de la sangre, y a sentir la comunión con Dios y con todos, en una referencia espiritual, con gestos entrañables. De lo contrario, viviremos este momento entristecidos, deprimidos, angustiados, cuando podríamos percibir la alegría del Evangelio.