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En horas difíciles

Uno no cree en las maldiciones, ni en que se conjuran los astros con efectos malignos contra la humanidad. Sin embargo, vivimos momentos, tanto sociales como personales, que nos invitan a trascender los hechos, o de lo contrario quedamos sumergidos en la fatalidad.

La pandemia, la borrasca Filomena, los efectos devastadores en la ciudad y en el campo, la pérdida de seres queridos y los accidentes diarios producen una sensación apocalíptica, ante la que cabe, a pesar de la experiencia de fragilidad y de tocar el límite, reaccionar desde la fe.

En estas circunstancias, me han ayudado algunos textos bíblicos; no apelo a ellos como recurso especulativo, sino existencial: “Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela, y me hace caminar por las alturas” (Hbc 3, 17-19).

Es momento de confesar la bondad de Dios y su misericordia; de atreverse a bendecirlo y a proclamar su fidelidad. Yo mismo he recurrido, ante hechos familiares, al ejemplo de Job, quien a pesar de un cúmulo de malas noticias, no dejó salir de su boca maldición alguna, sino que “dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor». A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios” (Job 1, 8-22).

Necesitamos afianzar nuestra confianza en palabras auténticas. Nos duele la mentira, el engaño, la manipulación, el encubrimiento de la realidad, hasta el extremo de pensar que estamos sometidos a noticias falsas y especuladoras.

Ante el riesgo de perder el ánimo, las palabras del apóstol san Pablo son una inyección de confianza: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 35-39). 

Comparto contigo lo que yo mismo me digo, ante el acoso de circunstancias aparentemente adversas, pero que vislumbramos un sentido purificador, humanizador, trascendente, que haga nacer o reavivar lo más noble y solidario de cada ser humano.