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El bautismo del señor

EVANGELIO

Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 7-11).

REFLEXIÓN

Somos desierto, tierra amasada con lágrimas, por el agua que mana de la llaga del Salvador, y cuando al desierto le llega el agua surge la fecundidad insospechada, hasta producir cuatro cosechas. 

No es lo mismo, dice Francisco, plantar un árbol en el páramo que hacerlo junto a la corriente del río. La plantación en el yermo corre el riesgo de secarse, mientras que la que se hace en la ribera goza de verdor, y no teme la sequía

Por el bautismo hemos sido introducidos en la corriente de vida divina, la que mana del santuario y, aunque no lo sepamos, somos beneficiarios de los méritos de Todos los Santos.

No es indiferente estar bautizados o no estarlo; quienes hemos sido lavados por el agua bautismal hemos sido elevados a la dignidad de miembros del Cuerpo de Cristo y podemos llamar a Dios como hijos suyos.

En Jesús podemos personalizar las palabras que Él escuchó al salir del agua en el Jordán: “Tú eres mi hijo amado”. Esta experiencia fundamenta nuestra pertenencia cristiana, y cambia enteramente la razón de nuestra conducta. A quienes nos sentimos amados por Dios, nos debe mover el amor. “Amor saca amor”, dice Santa Teresa de Jesús.

Sorprende la presencia del agua en el pasaje del bautismo de Jesús, en Caná de Galilea, en el diálogo de Jesús con Nicodemo y en el encuentro de Jesús con la Samaritana. Si sumamos estos fragmentos en una interpretación concurrente, podríamos contemplar cómo el agua bautismal, convertida en vino, nos diviniza y nos hace nacer de nuevo, del agua y del Espíritu, y es el Espíritu, que nos habita, quien se convierte en manantial de agua viva en nuestro propio interior.  

Agradezcamos hoy el don del bautismo, renovemos nuestra gozosa pertenencia a Jesús, y sintámonos integrantes de la familia de los hijos de Dios, que nos hace hermanos.