· 

II Domingo de Navidad

“En el principio ya existía la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él… (Jn 1)

COMENTARIO

Es muy profundo el texto del prólogo del Cuarto Evangelio, que se debe leer en el contexto de las Sagradas Escrituras, y si se pudiera, en la versión original.  Leyéndolo en griego, cabe interpretar que la Palabra en el principio estaba vuelta hacia Dios en una relación dialogal. Y no solo vuelta hacia Dios, sino metida en los pechos de Dios, en las entrañas divinas, en el amor del Padre.

La Encarnación del Verbo fue como un arrancón de esas entrañas divinas, según el testimonio que da Jesús a Nicodemo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito” (Jn 3, 16) 

Si Dios es Palabra, no es palabra al viento, sino que es relación íntima, la que se establece en el seno trinitario. Es iluminadora la experiencia mística que tuvo santa Teresa de Jesús en Sevilla para comprender mejor lo que se nos revela en el texto evangélico: “Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre. Esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver me pareció me vi presente de aquella Divinidad.” (V 38, 17) “El mismo Señor, por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera de como se pinta la «Quinta angustia». Hízome temor harto esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo pensar si era ilusión. Díjome: «No te espantes de esto, que con mayor unión, sin comparación, está mi Padre con tu ánima»” (R 58, 3).

Y en la plenitud del tiempo, la Palabra divina se revela en nuestra naturaleza y toma la expresión más radical al hacerse carne, es decir, al asumir nuestra humanidad. Llevamos en nuestro cuerpo la semejanza del Dios humanado. Quien acoge la Palabra recibe la adopción filial divina.

Desde la Encarnación del Verbo nacen unas nuevas relaciones interpersonales, que no se fundan en la biología, ni en la carne, ni en la sangre, sino en la fe. Así lo dice el Evangelio: Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios”(Jn 1, 11-13). Desde esta revelación se comprenden las palabras de Jesús cuando le avisan que su madre está a la puerta y Él responde: «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21).  

Si acoges la Palabra, si das fe a la revelación, puedes vivir tu nueva identidad, al saberte familia de Dios, capacitado para llamarlo “Abbá”, y sentirte amado por Él. Esta verdad no la deduce la razón, sino el don de creer en Jesucristo, como Él dijo a Pedro: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17).