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Carta de Adviento 2020

TIEMPO DE ESPERANZA

¿Dónde anclar la esperanza, si todos los indicadores son negativos? ¿Qué resortes caben para el optimismo, si el horizonte sigue estando oscuro? ¿Será refugio verbal, literatura, simple nominalismo hablar de esperanza en este tiempo?

Uno quisiera adelantar noticias positivas, perspectiva consoladora, augurio del restablecimiento de la normalidad, inyección de optimismo fundado, palabras consistentes y no vacías de contenido. 

¿Cómo hablar de esperanza, de un tiempo nuevo, de brotes verdes, de desiertos convertidos en vergel, de la transformación de la violencia en convivencia? No deseo evadir la pregunta, ni prescindir de la realidad más cruda, apelando a la trascendencia y a la espiritualidad, a un discurso emancipado de la angustia y desazón que acosa a tantas personas.

El Adviento se presenta como tiempo propicio para convertirnos cada uno en buena nueva, en buena noticia por alargar nuestras manos solidarias y salir de todo egoísmo. Es tiempo en el que cada uno puede convertirse en la profecía que describe la Escritura, en la que la espada se convierte en arado y las lanzas en podaderas, porque nos transformamos de violentos en artesanos de paz.

Es tiempo de hacer visible el banquete de manjares suculentos y vinos de solera, que es el pan cuando se parte en convivencia. ¡Cómo se aprecia el vaso de agua en hora de sed!

Los textos sagrados llaman a la esperanza porque se anuncia la venida de Aquel que nos convierte a todos los humanos en imagen del rostro de Dios, y nos imprime en las entrañas el sello de origen, al hacernos conscientes de haber sido creados por el mismo Hacedor de todo.

El salmista no tiene pudor al invitar a la esperanza, fundada en el Señor, porque aquellos que resistan la prueba volverán a bendecirlo. Él devuelve la sonrisa a los labios y la luz a los ojos. Además, cada uno de nosotros se puede convertir en mano alargada, en gesto solidario, por lo que Dios se acredita misericordioso.

Tiempo de Adviento, tiempo de esperanza, de convertirnos en agentes de solidaridad, en anunciadores de buenas noticias, en propagadores de gestos nobles, que en el tú a tú produzcan la experiencia de que el ser humano ha sido creado por Aquel que es Amor, y por amor se hace uno de los nuestros, para que nadie pierda su dignidad.  

No esperamos un resultado electoral, ni una normativa eficaz que resuelva la crisis; no confiamos en alguna reforma social o política; esperamos a Jesucristo, la revelación suprema de Dios. Él afirmó: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer”, y Él mismo se convirtió en alimento que sacia, nacido en Belén, la casa del pan. ¡Feliz Adviento, porque esperamos contra toda esperanza! Como Abraham, quien “apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza” (Rom 4, 18).