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Hace 51 años que llegué a Buenafuente

Corre el tiempo, y la mente trae a la memoria aquel día 16 de octubre en  que llegué por primera vez a Buenafuente, por carretera de tierra, con un viejo seat 600, y me encontré con que las monjas estaban vendiendo la cosecha de patatas, fuente casi única de ingresos para su subsistencia, aparte del producto de un pequeño gallinero y de las labores artesanales de ornamentos litúrgicos. 

Es fácil imaginar lo que le puede pasar a un joven sacerdote de 24 años cuando es destinado a un lugar sin población, entre ruinas, sin agua corriente, frío y aislado… El propio obispo, consciente del riesgo, me prometió que el destino sería solo por un año. Los últimos capellanes o habían enfermado, o habían trasladado su vivienda al pueblo vecino.

En esas coordenadas, recuerdo cómo mi ocio era bajar al río Tajo y subir la cuesta empinada de 600m de desnivel. Confieso que me salvó la preparación de la homilía diaria, escrita en el cuarto de la estufa, donde mi madre y yo prolongábamos la vigilia, pues era terrible ir al dormitorio cuando no había calefacción, y aquel año llegamos a 20 grados bajo cero.

Todo parecía destinado a desaparecer, y el pensamiento lógico era que las monjas se marcharan, pues no había futuro para Buenafuente. Hoy, por una providencia del Señor, cuento 51 años de permanencia en el Sistal. Quizá también surge la misma pregunta sobre el propio futuro del monasterio. Y como hizo el pueblo de Israel cuando se repetían situaciones de crisis, que ante el recuerdo de las acciones de Dios reavivaba su esperanza y su confianza, como testigo de una historia, en la que nos parece soñar, apuesto por la Providencia del Señor.

Sorprendentemente, el texto evangélico que hoy se proclama en la liturgia, asegura: “A vosotros os digo, amigos míos: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pájaros” (Lc 12, 1-7). 

Queridos amigos, uníos a nuestra esperanza, la que mantenemos junto con nuestras hermanas cistercienses y el grupo de personas que vivimos en este lugar, acrecentando el canto de la Liturgia de las Horas y la posibilidad de la acogida permanente. La misma Providencia nos permite alegrarnos de las posibles nuevas vocaciones. ¡Quiera Dios dejarnos gustar el fortalecimiento de la comunidad monástica!