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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

PROFECÍA

“Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo  —lo ha dicho el Señor—” (Is 25, 6-8).

COMENTARIO

¡Cómo necesitamos las palabras del profeta! Este tiempo de pandemia sufrimos la tentación de la desolación debido al acoso de circunstancias adversas. La presencia descontrolada del virus, la quiebra de la actividad económica, el empobrecimiento de las familias, el riesgo permanente de contagio nos lleva a una experiencia inédita de inseguridad. 

Necesitamos escuchar las palabras que auguran fiesta, reunión familiar, brindis de amistad, superación de la crisis, alejamiento del peligro de enfermedad y de muerte. Necesitamos el consuelo auténtico que mitigue el dolor y enjugue las lágrimas de tantos.

Podríamos creer que el texto de Isaías es literatura, pero es Palabra de Dios que se cumple. Jesucristo se ha convertido en banquete al ofrecerse en el pan partido y en la copa brindada, en la entrega total de Sí mismo como gesto permanente solidario.

Nos duele la inseguridad, nos atenaza el miedo, nos acorralan las sombras de un futuro incierto, nos deprimen las confrontaciones políticas, y tenemos el riesgo de olvidar que estamos invitado a una boda, a un banquete de amor ofrecido por Jesucristo.

Quizá se repite la parábola del Evangelio acerca de los que estaban invitados a la boda y la desprecian, y aquellos que no esperaban nada de la vida y son los que se sientan a la mesa. El texto del Evangelio nos hace reflexionar, no sea que habiendo conocido el don supremo de Jesucristo, andemos embargados en otros intereses. “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda” (Mt 22, 8-9).

Duele el alejamiento social de la fe, la pérdida de la referencia teologal, el presentismo egoísta, la ausencia de Dios, la soledad del corazón, como si los convidados a bodas despreciaran la invitación. 

No suframos una orfandad injusta, pues Alguien nos quiere entrañablemente: Jesucristo. No seamos pretenciosos, y creamos que es derecho lo que es don y gracia. No seamos temerarios, no abusemos de la misericordia. Sintámonos invitados gratuitamente al banquete que nos dispone el Señor y no lo despreciemos. Es tiempo propicio de sentir el amor de Dios, estamos necesitados de la Eucaristía, mendigos del banquete de Dios.