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XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

EVANGELIO

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-22).

COMENTARIO

El texto del Evangelio de este domingo es escoltado en la Liturgia de la Palabra por dos referencias concurrentes. Una es la primera lectura: “Perdona la ofensa a tu prójimo | y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados” (Eclo 28,2) y la otra, el salmo interleccional: Bendice, alma mía, al Señor, | y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas | y cura todas tus enfermedades. El Señor es compasivo y misericordioso, | lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando | ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados | ni nos paga según nuestras culpas.” (Sal 102)

La llamada central que nos hace la Liturgia de la Palabra de este domingo es al perdón. Pero no como exigencia heroica, sino como reacción adecuada, por sabernos perdonados, a precio de sangre, más aún si tenemos en cuenta la fiesta que celebramos el día 14 de septiembre, al contemplar a Jesucristo exaltado en la Cruz.

Cuando se pierde la referencia al perdón recibido, se acumulan rezones para el resentimiento, y se justifica el enfado, el descontrol verbal, la venganza, la ira, el amor propio herido, la ruptura de relaciones, la suma de las ofensas. Sin embargo, si uno tuviera siempre delante lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, nos nacería el impulso comprensivo, solidario, entrañable, misericordioso, y la posible ofensa recibida se convertiría en ocasión propicia para perdonar y devolver lo que tan copiosamente hemos recibido.

¡Tantas veces nos fijamos en lo que nos hacen los demás, y lo agrandamos para justificar nuestras posturas refractarias, violentas, inmisericordes! Tenemos en la mano la medida de nuestro perdón: “Perdonad y seréis perdonados”. “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. 

Quien se atreve a perdonar goza de paz interior, su corazón se ve libre, sereno, ágil, capaz de entregarse por amor. Cuando uno se queda atascado en el rencor, se hace daño a sí mismo, pierde la alegría, la paz, la libertad, y puede llegar a la obsesión hasta perder la salud. El perdón da salud. Así lo demostró Jesús cuando le presentaron al paralítico, a quien primero le perdonó los pecados y después le devolvió la salud física. Atrévete a perdonar, a no sumar los agravios. Te ayudará rezar por los que te hacen mal.