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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

EVANGELIO

“En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 18-20).

COMENTARIO

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a la corrección fraterna, no a la crítica despiadada. Solo el amor legitima el servicio de la corrección. Es más fácil caer en la impaciencia violenta o en el desentendimiento egoísta, que atreverse a decir al otro, con respeto y amor, su posible fallo.

El retorno a lo cotidiano, este tiempo tan extraño, puede producir violencia, tristeza, hipersensibilidad, que necesita su terapia, pero la mejor propuesta es la de saber perdonar, y la de mantener encuentros que trasciendan la realidad, mirándola con fe. 

La fuerza de la oración común está acreditada, no solo porque pueda cambiar el curso de los acontecimientos, sino porque nos dispone a interpretarlos de una manera teologal y así también el comportamiento de los demás.

En tiempos adversos cabe la resignación o la respuesta violenta desesperanzada, pero también es posible la reacción de resquebrajarse por dentro, y hacerse más sensible. La figura del corazón de piedra convertido en corazón de carne es un beneficio, a pesar de la prueba.

El corazón de carne recibe heridas, sufre, padece y compadece, mientras que el endurecimiento del corazón produce insensibilidad, desentendimiento, quizá por autodefensa.

Hoy el salmista nos invita a no endurecer el corazón, reacción posible como defensa ante tanta fragilidad como percibimos. Es momento de perdón, de generosidad, de oración humilde y comunitaria. Como dice el apóstol san Pablo: “La plenitud de la ley es el amor”. 

Una prueba en el discernimiento espiritual para saber si se actúa según Dios quiere, es cuando hay coincidencia de los ánimos, comunión, no solo asociación por algún interés partidista, sino como expresión de respeto y de amor mutuo. Este tiempo es propicio para ejercitar la comprensión, el perdón, la ayuda mutua, la oración común, la sensibilidad social, el amor cristiano.