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Invocación al Apóstol Santiago

SEÑOR SANTIAGO

Desde hace más de veinticinco años, al llegar el verano, íbamos a tu casa después de haber peregrinado por los distintos caminos que llegan hasta tu sepulcro en Compostela, y sentíamos el gozo y la emoción, a veces incontenible, al poder invocar tu protección en la Misa del Peregrino, a la vez que en nombre de los “Amigos de Buenafuente” ofrecíamos a Dios el suave olor del incienso en el botafumeiro.

Hoy nos asiste la nostalgia, al haber tenido que suprimir la peregrinación anual por la pandemia. Nos embarga un sentimiento de preocupación que te presentamos como expresión de nuestra confianza en tu poderosa intercesión, pues tú fuiste uno de los más íntimos amigos de Jesús.

Si cada año te presentábamos nuestra invocación por intenciones concretas, para que tú las elevaras ante tu Maestro, hoy es mayor la necesidad de expresarte nuestra inquietud, junto a la de tantos que han sufrido el contagio de coronavirus y han perdido a seres queridos, sin poder tener un gesto cercano con ellos.

Tú eres nuestro patrón, tú eres quien sembró en el corazón de nuestra tierra la semilla del Evangelio, tú eres testigo de que por la luz cabe comprender la cruz. Te pedimos que intercedas por tantos a los que les envuelve la oscuridad de la prueba, del dolor, del miedo o de la desesperanza por la quiebra de su puesto de trabajo, y hasta cabe que de la familia. Ruega por todos nosotros.

Señor Santiago, que fuiste testigo privilegiado de la amistad de Jesús, y que tienes el título de haber sido el primero en dar tu vida por Él. Hemos venerado el lugar de tu martirio en Jerusalén, que se conserva en la catedral armenia de la ciudad santa. Te pedimos que presentes ante Dios a todos los que han sido víctimas de la pandemia, y a nosotros, danos fortaleza y solidaridad para saber llevar en estos momentos, no tanto el macuto pesado sobre las espaldas, sino la participación en los sufrimientos de nuestros hermanos.

Los senderos que conducen a tu casa están casi vacíos, en espera de que se alcance el remedio que nos defienda del contagio. Si es importante la mediación científica para quedar inmunes ante el virus, aún es mayor la urgencia de la esperanza y del buen ánimo para no sucumbir en el retraimiento egoísta, insolidario, que nos destruya.

Cuando he podido darte el abrazo, siempre me impresionó tu mirada de ojos grandes. Mira y escucha el clamor de tantos que de manera doméstica hacen la peregrinación del corazón, el camino espiritual, la remontada no tanto del O’ Cebreiro, cuanto de alguna situación penosa.

Infúndenos la certeza de que no estamos solos, de que caminamos de tu mano y de sabernos acompañados por la multitud de peregrinos que avanzan silenciosos con la ofrenda humilde de prestar sus manos samaritanas a tantos que se rinden y quedan en la cuneta, tentados de desesperanza, o con miedo de contagiarse.

 

Tú, que escuchaste en la travesía del Lago de Galilea las palabras de Jesús: “No temáis”, haznos valientes, confiados, solidarios, como tú lo fuiste. Amén.