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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” (Mt 10, 37-40).

COMENTARIO

Cuando tantos han vivido el despojo afectivo por el fallecimiento de familiares y tienen el duelo contenido, las palabras de Jesús pueden parecer violentas, como si no tuviera sentimientos. Sin embargo, en el contexto del Nuevo Testamento, lo que parece renuncia es don mayor. 

La vocación de los primeros discípulos se caracteriza por la radicalidad de quienes dejaron casa, redes, trabajo o familia y se fueron detrás de Jesús. Y en otro pasaje, en el que le avisan que ha llegado su madre y está en la puerta, en vez de salir a recibirla, declara: “Mi madre y mis hermanos con los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

¿Qué nos quiere decir Jesús con un lenguaje tan distante a lo que siente nuestra naturaleza? Precisamente, los evangelios revelan la sensibilidad y la ternura del Maestro, que se dice amigo de los suyos, y les confiesa su amor, conminándoles a que no tengan miedo porque hasta los pelos de su cabeza están contados.

Más bien, el texto de san Mateo nos introduce en las nuevas relaciones que se nos ofrecen en Jesús, pues en Él se nos concede tener por Padre a Dios, y además gustar en la vida el don crecido, por mediaciones humanas, que centuplican las relaciones entrañables, fraternas e íntimas, pues el mismo Jesús asegura: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19, 29).

Nuestra naturaleza suele ser egoísta y un tanto presentista, proyecta relaciones posesivas, y no por ello encuentra la alegría y la felicidad que buscamos, mientras que si nos atrevemos a relacionarnos sin afán dominador, el gozo interior, la libertad de corazón y la fecundidad desbordan el ánimo.

No es truco, ni chantaje, pero es de sabios saber darlo todo para obtener el ciento por uno, mientras que si se aferra uno a lo poco que cree tener, se hunde en la miseria. Es momento de solidaridad, de hospitalidad que supere el miedo y el síndrome del encerramiento egoísta. 

En las actuales circunstancias, ¿cómo te encuentras, replegado, miedoso, responsable, discreto, hospitalario, generoso?