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XII Domingo del Tiempo Ordinario

EVANGELIO

No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones” (Mt 10, 26-31).

COMENTARIO

Hoy es el día que termina la situación de alarma, si sigue controlada la pandemia, cuando se nos permite viajar entre los distintos territorios interprovinciales, aunque con las prevenciones recomendadas y exigidas, de ir con mascarilla y mantener la distancia social interpersonal. Sin embargo, en muchos se ha instalado el miedo al contagio, la sospecha sobre el otro, que puede ser portador del virus, lo que se llama el síndrome de la cabaña.

En estas circunstancias, la Providencia de la liturgia de la Palabra, que se ofrece hoy como lectura evangélica, reitera por tres veces la expresión más contundente, en labios de Jesús: “No tengáis miedo”. Mas, ¿cómo librarnos del sentimiento de vulnerabilidad, no solo por la posible pérdida de la salud, sino de la quiebra del bienestar social, familiar y personal?

La Palabra asegura: “Nada hay encubierto que no llegue a descubrirse”. Si la razón de la epidemia ha sido una mala administración, se conocerá; si ha habido intereses oscuros, saldrá a la luz; si hay quien se ha aprovechado del mal del prójimo, se evidenciará de manera vergonzante. Porque todo lo oculto saldrá a la luz. Y también, si ha habido gestos heroicos, generosidad desbordada, voluntariedad solidaria, se conocerá, para edificación de todos.

El texto evangélico llega a dar la clave para vivir confiados, serenos, esperanzados: saberse en manos de Dios. Si el Creador tiene cuidado de todas las criaturas, de los lirios y de los pájaros, ¡cuánto más le preocupan los hijos de los hombres! El creyente camina de la mano de la Providencia, y es testigo de cómo el Señor le acompaña y le saca de la angustia. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias”. 

No obstante, si te atenaza el miedo, si te ves acosado por circunstancias adversas y estás a punto de rendirte, desesperanzado, sin que suene a palabra evasiva, acude a alguien que pueda echarte una mano, no te encierres en ti mismo, no sucumbas pensando que es irremediable tu situación. Hay muchas personas e instituciones que se convierten en manos alargadas samaritanas. Quizá tú mismo puedes convertir tu necesidad en virtud y estar atento para ayudar a los que más lo precisen.