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El corazón de Cristo

Jesucristo: eres hombre, nacido de mujer, de nuestra naturaleza, de nuestra carne y sangre. No te rebajamos al invocarte como humano, siendo Hijo de Dios. Tú has querido compartir nuestra identidad, y te has queridos mostrar corpóreo, tangible, mortal. Dice Santa Teresa: “Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre” (Vida 9, 6). “Creo queda dado a entender lo que conviene, por espirituales que sean, no huir tanto de cosas corpóreas que les parezca aún hace daño la Humanidad sacratísima” (M VI, 7, 14). 

Siempre me ha atraído lo que dicen los Evangelios de tu paso por nuestro mundo, cuando refieren tu fatiga, tu cansancio, tu tristeza y tus lágrimas. Sobre todo me fascina contemplarte amigo, relacionado con los tuyos, atrayéndolos hacia ti con propuestas compasivas y misericordiosas: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

Cuando te has revelado a los místicos, te has querido mostrar con figura de hombre, aunque sabemos que ya vives glorificado. La santa castellana, Teresa de Jesús, narra sus experiencias más íntimas contigo, y Tú te declarabas a ella de manera afectiva, íntima, de tal forma que ella sentía la atracción amorosa hacia tu persona. “A otras personas será por otra forma, a ésta de quien hablamos, se le representó el Señor, acabando de comulgar, con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, como después de resucitado, y le dijo que ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas, y Él tendría cuidado de las suyas, y otras palabras que son más para sentir que para decir” (M VII, 2, 1).

No quiero inventarme sonidos ni visiones, prefiero que me bendigas, Señor, con la bienaventuranza de creer sin ver. La misma maestra espiritual, cuando le preguntaron si habría deseado ser contemporánea tuya, respondió: “Mas ésta habíala el Señor dado tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndole que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, que ¿qué más se les daba?” (CP 34, 6). “Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros!” (V 22, 6) 

Sé que te muestras en el prójimo, de manera especial en el más humillado, y que cuanto le hagamos a él,  a Ti te lo hacemos, pero también sé que si no te contemplo anonadado en la materia, pierdo la referencia sacramental del rostro humano. Déjame gustar tu presencia íntima para que sepa ser mano alargada y solidaria, generosa y gratuita, gesto trascendido, testimonio de mi fe en tu acompañamiento.