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En honor de la Santísima Trinidad

Textos bíblicos

“Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz»” (Gn 1, 1-3). El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, en lo más caluroso del día. Alzó la vista y vio tres hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra y dijo: «Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo.” (Gn 18, 1-3) En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1, 1-3).

La Biblia sugiere desde su comienzo lo trinitario: Abraham ve a tres jóvenes a su puerta, y el Cuarto Evangelio parte del Verbo en las entrañas de Dios. Dios hizo el mundo y al hombre con sus dos manos, su Verbo y su Espíritu, según san Ireneo, y se manifestó a. Abraham, y en los últimos tiempos, en Jesucristo. 

Jesucristo nos prometió y entregó su Espíritu para que estuviera en nosotros y, a su vez, nos aseguró que, si acogemos su Palabra, el Padre nos amará y vendrán a habitar dentro de nosotros, haciéndonos morada suya.

El Dios revelado es relación: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Relación interpersonal circular. Dios es comunidad, comunión, intimidad. El hombre se personaliza en Dios y llega a plenitud cuando deja ser a Dios en él. Dios merece nuestro amor, nuestra confianza, gratitud, obediencia y fidelidad, porque Él es fiel, nos ama, nos ha dado a su Hijo y entregado el Espíritu. 

Según las palabras de Jesús, somos sacramentos de su Persona, templos del Espíritu y habitados por Dios. Somos de Dios, propiedad suya. No nos pertenecemos, hemos sido expropiados, y si vivimos esta identidad, llegamos a dar lugar a la mayor plenitud posible, pues hemos sido hechos hijos de Dios.

Para crecer y madurar personalmente es esencial romper todo egoísmo, salir de toda endogamia y ensimismamiento. Debemos salir de nosotros mismos aún dentro de nosotros. Somos habitados por la Trinidad. Nuestras relaciones están afectadas desde el Misterio que nos habita, y del que hemos sido hechos imagen. Somos hechura de Dios, creados a imagen suya, necesitados de relacionarnos de manera entrañable, fraterna, interior entre nosotros y en vosotros.

Quienes por gracia son más conscientes del misterio divino, dejan todo y se dedican a contemplar la gloria de Dios, al mismo tiempo que son reflejo de su amor para el prójimo. Y llegan a convertirse en profecía del cielo y en testigos de lo eterno, llamada a los valores permanentes, ejemplo de vida austera y ecológica; respetan la naturaleza, y se ejercitan en el amor hacia todos desde el amor divino recibido.