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La travesía que nos espera

“Hemos entrado en el país adonde nos enviaste; y verdaderamente es una tierra que mana leche y miel; aquí tenéis sus frutos. Pero el pueblo que habita el país es poderoso, tienen grandes ciudades fortificadas. «No podemos atacar a ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros». Y desacreditaban ante los hijos de Israel la tierra que habían explorado, diciendo: «La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra que devora a sus propios habitantes; toda la gente que hemos visto en ella es de gran estatura. Parecíamos saltamontes a su lado, y lo mismo les parecíamos nosotros a ellos».” (Núm 13, 27-28. 31-33)

Como los exploradores de la Tierra Prometida, a quienes les pareció inexpugnable el territorio cananeo, y produjeron el desánimo en el pueblo de Israel, por lo que les costó, alcanzar lo que tenían a la mano, cuarenta años de andadura por el desierto, así nos puede suceder a nosotros en esta hora, en la que se agigantan los fantasmas sobre el futuro con la presencia del coronavirus y el miedo al contagio.

El cardenal Martini, reflexionaba sobre el pasaje de los exploradores y lo refería a situaciones actuales, en las que también, por causa de agigantar fantasmas hipotéticos, quedamos paralizados, sin afrontar con fe, confiados, el reto de cada día. “Si atendemos a la Palabra de Dios, nos sentimos impulsados, inclinados hacia adelante; si empezamos a mirar las cosas en sí mismas, lo que llamamos «la realidad», vemos en cambio con frecuencia gigantes, murallas ciclópeas, cosas imposibles de superar, y entonces nos asustamos” (C. Mª Martini, “El sol interior”, Sal Terrae, 146)

¿Cuál es el antídoto, la vacuna que nos puede curar del miedo, de la parálisis mental, de la quiebra de creatividad, del “síndrome de la cabaña”? Y el mismo cardenal Martini alude al ejemplo que nos dan quienes en circunstancias adversas, por fe afrontaron la intemperie y el riesgo, y avanzan hacia lo desconocido. Abraham “salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo vigor para concebir cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía. (Hbr 11, 8-11) 

Siendo responsables, obedientes a las normas sociales, sin embargo, no podemos echarnos el peso de hipótesis negativas. Debemos afrontar con buen ánimo las circunstancias que sentimos adversas, aunque quizá nos conduzcan a una novedad de modo de vida y de conducta. “Saber elegir entre estas dos posibilidades –fiarse de la Palabra de Dios o bien echarse atrás por temor humano- es una «tentación» que aparece en cada giro crucial de nuestra vida, en cada momento en que nos encontramos ante nuevas pruebas.” (C. Mª Martini, 147) Y resuenan las palabras del Resucitado: “No temáis”, “¿Por qué tenéis miedo?” Los que ponen su fe en la Palabra de Dios no tiemblan. No es valentía imprudente, es confianza.