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Un don: Piedad

“Señor, lento a la ira y rico en piedad. Perdona, pues, la culpa de este pueblo, por tu gran piedad, igual que lo has soportado desde Egipto hasta aquí». (Núm 14, 18-19) Que el Señor tenga piedad de vosotras como vosotras la habéis tenido con mis difuntos y conmigo (Rut 1, 8) acuérdate de mí, oh Dios mío, y ten piedad de mí por tu gran misericordia! (Neh 13, 22) ¡Piedad, piedad, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios! (Job 19, 21) Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido” (Sal 24, 16).

Ruego, pues, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto.” (1Tm 2, 1-2)

UNA DESTREZA

Recibimos la piedad de Dios en su misericordia. Manifestamos la piedad con Dios en el culto agradable a sus ojos. El don de piedad lo percibimos de la mano de tantos samaritanos, voluntarios y profesionales, que por vocación ponen sus manos en las heridas de los más desfavorecidos de la sociedad, de los enfermos, ancianos, marginados, sin tierra. La piedad por quienes sufren no es por oficio, sino por amor, como la oración a Dios debiera ser no solo para pedirle algo, sino para agradecer tantas mediaciones que nos testimonian el don de piedad.

UNA EXPERIENCIA

“Hay algunas ocasiones en las que no es posible guardar el orden de la distribución del día; por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mirad, la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en ese caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer oración v al mismo tiempo os llama a atender a aquel pobre enfermo. Eso es llama dejar a Dios por Dios” (San Vicente de Paul, IX 1125).

UNA SÚPLICA

Espíritu Santo: por Ti conozcamos al Padre y también al Hijo y que en Ti, que eres el Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo. 

¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!