· 

Un don: Consejo

“Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos” (sal 1, 1). Escucha, hijo mío, los consejos de tu padre, no rechaces la instrucción de tu madre: pues serán diadema en tu cabeza, como una gargantilla en tu cuello. Hijo mío, no te dejes seducir, no accedas a gente sin escrúpulos.” (Prov 1, 8-10), “Ahora, escúchame: te voy a dar un consejo, y que Dios esté contigo” (Ex 18, 19).

Busca el consejo de los sensatos; no desprecies los buenos consejos. Alaba al Señor Dios en todo tiempo, ruégale que oriente tu conducta (Tb 4, 18).

Hijo mío, si aceptas mis palabras, si quieres conservar mis consejos, si prestas oído a la sabiduría y abres tu mente a la prudencia; si haces venir a la inteligencia y llamas junto a ti a la prudencia; si la procuras igual que el dinero y la buscas lo mismo que un tesoro, comprenderás lo que es temer al Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios (Prov 2, 1-5).

UNA DESTREZA

¡Qué diferente es escuchar música cuando se la sabe interpretar! Y ¡qué privilegio es conocer al autor y el sentido que él mismo da a su composición! Tuve el privilegio de escuchar de Narciso Yepes el sentido que daba a su oración al Espíritu Santo, cuando después de una monodia, el último compás terminaba en doble voz. Él me decía que ese instante, en el que se escuchaban dos voces, era el encuentro del orante con el Espíritu Santo. Y su hijo Ignacio, quien compuso la obra “Antes del Después” en homenaje a su padre, revela cómo expresa el latido del corazón hasta el momento supremo de la muerte. La monodia mozárabe, el canto gregoriano, la polifonía, el coro, la orquesta, los diversos instrumentos, llegan a arrebatar el corazón, y hasta en momentos hacen aflorar las lágrimas, como cuando la voz del contratenor en el Stabat Mater de Pergolesi, atraviesa el cielo.

UNA EXPERIENCIA

San Agustín escribe sobre la música y el canto, y de él es el axioma: “Quien bien canta, ora dos veces”, e invita a cantar el cántico nuevo y se pregunta cómo cantar un cántico nuevo. Y responde que el cántico nuevo somos cada uno cuando entonamos la salmodia: “¿Os preguntáis cuáles son las alabanzas que hay que cantar? Habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas? Resuene su alabanza en la asamblea de los fìeles. Su alabanza son los mismos que cantan. ¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podáis tributarle, si es buena vuestra conducta” (Sermón 34).

UNA SÚPLICA

Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú el dedo de la mano de Dios, Tú el prometido del Padre, pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.