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Vísperas de la Ascensión del Señor a los cielos

“Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios (Jn 16, 26-27).

Reflexión

Dicen que a los padres se les gana por los hijos y sobre todo a los abuelos por los nietos. ¡Tantas veces los pequeños afectan la vida de los adultos!

Hoy la Palabra nos revela por qué la oración da frutos. Dice Jesús: “En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16, 23-24).

Pero, aún llega a más la declaración íntima del Maestro, en la que nos asegura que no solo Él nos dará lo que pidamos en su nombre, sino que su mismo Padre lo hará, porque también Él nos quiere, al ver que queremos a su Hijo.

Jesús es el Hijo amado de Dios. Amar a Jesús nos obtiene el amor de Dios. Quienes amamos al Hijo amado somos a la vez amados de Dios, su Padre. Amar a Jesús no es para obligar a Dios, sino como respuesta al amor que hemos recibido por la ofrenda del Crucificado. Si en verdad reconocemos lo que Jesús ha hecho por nosotros es difícil no reaccionar agradecidos. Pues como dice santa Teresa: “Amor saca amor”.

El hombre puede plantear su vida al margen de Dios, pero si en vez de actuar a su antojo, libremente confiesa a su Hacedor, el Creador del mundo se conmueve y derrocha gestos entrañables con su criatura. Y si en la respuesta obsequiosa a Dios del ser humano entra la relación de amistad con su Hijo Jesús, las entrañas divinas quedan afectadas, y Dios no puede contenerse y se desborda en amor.

Dice Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 21. 23). “El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios” (Jn 16, 21). Sobrecoge asumir la declaración de Jesús: “Mi Padre os dará lo que le pidáis porque me queréis a mí y yo también os quiero”.

Ahora se comprende por qué el Maestro solicita la confesión de amor del discípulo cuando le pregunta: “¿Me amas?” Jesús solicita nuestro amor no tanto para sentirse amado, pues Él es muy amado de Dios su Padre, sino para que podamos expresar nuestro amor, y así Dios nos pueda amar sin allanar nuestra conciencia. Pues “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4, 10).

 

Las últimas palabras de Jesús antes de ascender a los cielos se deben quedar para siempre en nuestro corazón: ¿Me amas?