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Ascensión del Señor a los cielos

“En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo” (Act 1,1-2). 

Invocación

¿Qué deseas llevarte, Señor, de nosotros si te vas? ¿Qué podemos darte para tu viaje eterno, nosotros que nos quedamos aún en este mundo? ¿Qué embajada introduces en el cielo con tu ascensión?  Si tomaste nuestra naturaleza, y por ella te ofreciste en la Cruz y resucitaste, ¿acaso nos llevas ahora a tu Padre en ti?

Si nos dice el apóstol: “Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19), ¿en verdad somos ciudadanos del cielo, como asegura san Pablo? Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo” (Ef 3, 20-21).

Señor, Tú nos introduces en lo invisible. Y si Tú te quisiste asociar a nuestra historia, compartiendo nuestros trabajos y sudores, ¿compartiremos también nosotros tu vida celeste? Nos dijiste: “Donde yo voy no podéis venir vosotros” (Jn 13, 33).  Me acompañareis más tarde. Y hoy, al ascender a los cielos ¿nos revelas nuestro destino?

Nos aseguraste: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3). ¿En ti nos convertimos en moradores de tu reino?

Creemos que Tú resucitaste, que ascendiste a los cielos. Creemos en la vida eterna, en la resurrección de los muertos y en tu amor fraterno y solidario por la humanidad. ¿Pero agarrarnos a esta fe no será simplemente una necesidad en este tiempo de inclemencia?

Sé que no me engaño cuando me digo: Hoy nos alegramos de tu triunfo, profecía del nuestro. Vamos camino de la luz, de la gloria, de la bienaventuranza, de la inmortalidad. Tú nos precedes y nos revelas nuestra meta. Y no nos dejas emanciparnos de esta historia humana; por el contrario, nos invitas a hacernos profecía en medio del mundo por vivir sin apegos y teniendo puestos los ojos en ti.

 

Dándote íntegramente por amor, nos has dado ejemplo de cómo peregrinar por nuestra historia. Con ello nos invitas a ser anunciadores de la vida futura, sin evadirnos del presente, según las palabras de los seres celestes: “Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»”  (Act 1, 10-11).