· 

Despedidas de Jesús

“La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 21-22).

REFLEXIÓN

Estamos en los últimos días de la cuarentena pascual, superada ya los cuarenta días por haberse trasladado al próximo domingo la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Los textos de la Liturgia de la Palabra de este tiempo se hacen eco de las palabras que el Maestro dirigió a sus discípulos antes de la Pasión, y que la memoria de la Iglesia ofrece como acompañamiento en los días previos de la subida de Jesús a los cielos.

En este contexto, y ante el mensaje del Resucitado, quien ha saludado a los suyos con la paz y les ha invitado a superar el temor y el miedo, nos dirigimos a Él para que, a la hora de enviarnos el don del Espíritu Santo, nos haga sentir el gozo, el ánimo, la ilusión, la alegría, la paz, la esperanza y el consuelo.

Los frutos del Espíritu Santo son: “Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gal 5, 22-23). Si Jesús nos promete que nuestra tristeza se convertiría en alegría, sin duda significa que nos donará el Espíritu Santo.

Es tiempo de intensa oración, no solo porque la liturgia nos invite a solicitar los dones del Espíritu la próxima semana, llamada del Cenáculo, y que reúne a todos los cristianos en movimiento ecuménico para pedir la unidad, sino porque en las actuales circunstancias, necesitamos, más que nunca la capacidad de reconvertir todos los impactos negativos, por causa de la pandemia, en semillas de esperanza.

En muy difícil poder resistir tanto acoso, sobre todo si se ha sufrido la enfermedad, y si hemos perdido seres queridos sin poderlos acompañar. Sin embargo, desde la fe se nos invita, al menos, a creer que está sucediendo como el ejemplo que pone Jesús, un parto, un cambio de sociedad, de cultura, de sensibilidad social, de comportamiento en las relaciones interpersonales, y que como en el momento del alumbramiento de una vida nueva, a pesar del dolor, confiamos que todo ocurrirá para bien. 

Ven, Espíritu Santo, Consolador, dador del gozo y de la alegría y cambia nuestras tristezas y miedos al menos en esperanza.