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775 Año del Císter en Buenafuente

Hoy, 21 de mayo, de 2020, quiero rendir homenaje a la historia centenaria de este lugar monástico de la Buenafuente, porque hace 775 años llegó hasta aquí el Císter, con el visto bueno de la abadía de Santa María de Óvila, situada en el término de mi pueblo natal, en Trillo, y de otros abades, que aprobaron la llegada de monjas blancas venidas desde Casbas, Huesca.

Este día, hace veinticinco años, el Nuncio de su Santidad, Mons. Mario Tagliaferri nos presidía la Eucaristía y bendecía las campanas nuevas, afinadas por la sensibilidad acústica de Narciso Yepes. Hoy agradecemos a nuestro Obispo, D. Atilano, que nos presida la Eucaristía de acción de gracias a Dios por tantos beneficios recibidos.

Hace cincuenta años, yo era recién llegado al Sistal, y ni siquiera conocía la historia de esta abadía como para celebrar en 1970 el setecientos veinticinco aniversario de la fundación cisterciense. No obstante, mi recuerdo es muy bien de las monjas de la comunidad. A ellas mi especial invocación. A Madre Teresita, M. Margarita, M. Soledad, sor Bernarda, sor Presentación, sor Trinidad, sor Esperanza, sor Mª Peña, sor Carmen, sor Inmaculada, sor Corazón… Ellas fueron ejemplo de confianza en Dios. También recordamos a sor Isabel y a sor Teresita; son nuestras embajadoras, junto a tantos amigos de Buenafuente y familiares nuestros que han vivido en este lugar y nos han precedido. Todos ellos son nuestros intercesores.

En 1969, cuando parecía que el monasterio no tenía futuro, preguntaron a sor Bernarda, la monja pastora, de noventa años, si quería marchar, y respondió: “Sin más que ni más, no”; y hemos escuchado cantar a M. Teresita: “Buenafuente no se acaba, no se acaba Buenafuente”. Algunas de vosotras, queridas hermanas, habéis reconocido el don de sentiros llamadas a este lugar. Yo mismo, cuando llegué, a pesar de vivir tiempos en soledad, por no sé qué razón, sentí la fuerza interior de acompañar a aquellas hermanas en su estabilidad. Eran tiempos austeros. Las monjas cultivaban la tierra, vivían de la cosecha de patatas, y de la venta de huevos; hacían pequeñas labores, que enviaban fuera. Tuvimos experiencia del frío intenso, sin arrimo a espacio cálido en la fría iglesia románica. Y también de hechos solidarios providentes.

Cómo no recordar los tiempos en los que todo parecía destinado a su fin. Mas, la salmodia nos dejaba gustar en sus versos la profecía: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar” (Sal 125). “Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, Dios da el pan a sus amigos mientras duermen” (Sal 126). Si el pueblo de Israel resistió la prueba del exilio recordando la acción de Dios en la salida de Egipto, hoy, cuando volvemos a vivir la debilidad, y hasta quizá nos hacemos las mismas preguntas sobre el futuro de Buenafuente, la memoria de lo que hemos visto y oído, regalo de la Providencia divina, nos permite permanecer confiados, y abandonados al querer de Dios.

En aquellos primeros años, escuché el clamor de las campanas, a la hora de vísperas, que me gritaban: “No queremos callar”, y hoy siguen sonando desde laudes a completas. Llaman a toda la creación, para que eleve la alabanza al Creador de todo. En aquellos años, intuí que se repoblaría el Sistal con el paso de peregrinos, que se acercaban a beber de la Buena Fuente. Hoy, no sé si es profecía o deseo, pero ante la pandemia, que azota especialmente a las grandes ciudades, intuyo que se repoblará la tierra vaciada, y quizá vengan a Buenafuente quienes deseen vivir la profecía del monacato más actual y abierto, como vivimos en parte los que os acompañamos, queridas hermanas, en extramuros. Quizá, como digo, solo sea sueño, deseo más que futuro cierto, pero escucho en mi interior, en momentos de adoración, como si me dijera el Señor: “Quiero permanecer aquí y ser adorado”. Y al mirar a la Virgen cada noche, recuerdo su promesa: “No temas, yo lo haré”.

Hoy, al cumplirse los 775 años de presencia cisterciense, casi ininterrumpida, damos gracias a Dios por la alabanza casi milenaria que se ha alzado en este lugar, cerca de ochocientos cincuenta años, y por todo lo que a todos nosotros nos ha permitido vivir en Buenafuente.

A todos vosotros, amigos de extramuros, el deseo de que sintáis el gozo de vivir en los atrios de la casa del Señor. Mi agradecimiento a tantos amigos, en especial a la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que de manera generosa han hecho sus ofrendas, y nos ha permitido restaurar enteramente las ruinas del Sistal. Mi especial recuerdo de los patronos de la Fundación Buenafuente. Nuestro agradecimiento por los hermanos sacerdotes que nos han acompañado y acompañan y a vosotras, queridas hermanas, en un momento en el que la lógica, como hace 51 años, puede indicar que estamos llegando al límite, que la fe nos permita ser testigos de esperanza.

Querido D. Atilano, gracias por todo el apoyo que seguimos recibiendo de Vd. para que este lugar siga siendo en nuestra iglesia diocesana, un centro eclesial de oración.

 

Nos encomendamos a la Madre de Dios, en su advocación popular de la Virgen de los Santos, y al Cristo de la Salud, cuyas imágenes nos presiden, en estos tiempos recios.