· 

La clave pascual

“A eso de medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo: «No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí». El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?». Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia»” (Act 16, 25-31).

COMENTARIO

No es indiferente que el estruendo en la cárcel se produzca a medianoche y que se abran sus puertas, estando dentro apresados Pablo y Silas, en Filipos; como tampoco lo fue cuando, también de noche, a Pedro se le cayeron las cadenas, estando encarcelado en Jerusalén. Estas horas nocturnas coinciden con la hora de la tormenta, cuando los discípulos hacían la travesía del Lago de Galilea. Es la hora recia, en la que puede asaltar el pensamiento de que todo se acaba si se hunde el barco o se impide a los apóstoles que prediquen el Evangelio.

La historia nos demuestra que la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres. “Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Co 1, 25). Nunca la opresión pudo con la semilla de la fe, y en los tiempos más duros de persecución, que sufrieron los cristianos desde el principio, se dieron siempre testimonios heroicos de fidelidad. Hoy, sin que nos ataquen de manera tan violenta, por la pandemia podemos estar viviendo circunstancias de encerramiento que quizá, para algunos sean motivo de debilitamiento de su fe. Mas, como ocurre en el relato bíblico, tuvo que aparecer la prepotencia para que emergiera la fuerza de Dios.

Los apóstoles sufrieron vejaciones, cárceles, flagelaciones, rechazo, pero si las cosa es de Dios, por mucho que lo quieran impedir los humanos, se realizará, y al contrario, por mucho que se empeñen los humanos en imponer sus criterios, a la larga serán estériles.

Coincide el texto de los Hechos de los Apóstoles de este día, VI martes de Pascua, con la lectura del pasaje evangélico en el que Jesús anuncia su marcha, y asegura a los suyos que, aunque sea una noticia dolorosa, les conviene su ausencia: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). De nuevo la paradoja evangélica, pues ¿quién desea sentir la ausencia de Jesucristo? 

Ayer la crónica de los Hechos de los Apóstoles narraba la conversión y el bautismo en Tiatira; hoy nos describe la conversión del carcelero con toda su familia. Estamos terminando las fiestas pascuales, que tienen especial relación con la gracia bautismal. Me ha hecho bien lo que he rezado en el Oficio de Lecturas sobre el bautismo: “En el bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el Hijo, y nos devuelve desde el informe estado en que nos hallamos a la primitiva belleza”  (Dídimo de Alejandría).