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Virgen de Fátima

La Virgen María, la Madre de Jesús se ha manifestado a lo largo de la historia en muy diversas ocasiones, y estas manifestaciones a menudo nos recuerdan las palabras de su Hijo en el Evangelio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” (Lc 10, 21-23)

En relación con las manifestaciones privadas de la Virgen, sorprenden las diferentes tradiciones marianas, en las que se narran hechos extraordinarios, acontecidos en muchos lugares, y que tienen como protagonistas a pastores. Son frecuentes las romerías hacia ermitas, ubicadas en parajes rebosantes de vegetación, en las que se venera a la Madre de Dios porque, en tiempos remotos, un pastor encontró la imagen de Virgen y sintió que debía erigir un lugar de culto en su honor.

Según crónicas históricas, sabemos que la Virgen de Guadalupe, en Cáceres, fue hallada por el vaquero Gil Cordero en el siglo XIV, y en torno a 1520, en México, el indio Juan Diego vio impresa en su tilma la imagen de Nuestra Señora. En tiempos más recientes, según documentación contrastada, el 11 de febrero de 1858, se apareció la Virgen a la pequeña Bernadette, y el 13 de mayo de 1917, los niños Lucía, Jacinta y Francisco, tres pastorcitos, fueron testigos de las apariciones de la Virgen en Fátima. La Biblia narra que Dios escogió como rey al pequeño David, a quien su padre ni siquiera consideraba como candidato para presentarlo al profeta Samuel. Y los pastores de Belén fueron los primeros en conocer el nacimiento de Jesús. Sin duda que Dios sigue actuando de manera paradójica, a través de mediaciones humildes. Quizá, pasado el tiempo, se descubra que en estos momentos de pandemia, Dios se esté revelando con signos de esperanza a creyentes humildes.

Cuando veo al papa Francisco actuar como un creyente humilde que practica la religiosidad popular al venerar la imagen de Cristo, besar el icono de la Virgen y llevarle un ramo de flores…, pienso que la gracia que Dios sigue queriendo derramar sobre la humanidad vendrá, una vez más, por mediaciones que la sociedad quizá desdeña, pero que el pueblo presiente como presencia divina. En tiempos de grandes medios industriales, técnicas de comunicación, infraestructuras sorprendentes y métodos científicos sofisticados, el papa nos pide rezar el rosario, hacer penitencia con ayuno, y tener gestos de caridad; que son los mismos consejos de Jesús: oración, ayuno y limosna, y que encontramos en los mensajes marianos. 

Puede parecer desproporcionado en esta hora tan fuerte y de tanto dolor, invocar a la Virgen con oraciones y gestos sencillos, y sin embargo, creo que es la forma que más agrada a Dios, pues la firma de sus intervenciones lleva el sello de garantía y el contraste de actuar a través de lo humilde y de lo pequeño. Solo se nos pide lo posible y poco que podemos ofrecer como intercesión, y Dios actuará, como tantas veces, a través de su Madre. Así lo esperan los creyentes humildes y sencillos.