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No tengáis miedo

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27).

REFLEXIÓN

Pueden parecernos extemporáneas las palabras de Jesús o, por el contrario, las comprendemos providenciales. Dice Jesús: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.

Cuando estamos viviendo circunstancias de tanto dolor, de urgente necesidad y nos asalta el temor. Cuando se extiende el miedo a la regresión económica, a la expansión de la epidemia, a ser contagiados, a perder a los seres queridos, a la quiebra de la estabilidad familiar, a la pérdida del trabajo, ¿cómo no turbarse?

Según el cuarto evangelio, en su despedida Jesús nos saluda y nos desea paz. Y una vez resucitado, vuelve a pronunciar las mismas palabras: “Paz a vosotros”. “No temáis”. Por lo que los acontecimientos de su Pasión y muerte quedan incluidos en una especie de abrazo entrañable.

La paz que Jesús nos desea es distinta a la tranquilidad social. Su paz es interior, da serenidad, presta confianza, suscita abandono en sus manos, mueve a generosidad, concede estabilidad de ánimo y hasta alegría interior. Es don íntimo, desconocido para quien no cree, y secreto que explica la fortaleza de los que confían en el Señor, como dice el salmista: “Los que confían en el Señor son como el monte Sión: no tiembla, está asentado para siempre” (Sal 124, 1).

En muchos momentos, en los que las circunstancias eran adversas, como describen los evangelios a la hora de las travesías del Lago de Galilea, Jesús se dirigió a los suyos con palabras de ánimo: “No tengáis miedo”; “no temáis”, “por qué teméis”. La tormenta nocturna sobre el mar, el riesgo de hundimiento de la barca y la persecución a muerte por las autoridades, provocaron pánico en los discípulos, como nos puede estar sucediendo ahora, en las circunstancias sorpresivas del hundimiento del estado de bienestar, la muerte de seres queridos y el riesgo permanente de contagio.

Jesus Resucitado infundió en sus discípulos fuerza, valentía y confianza, gracias al don de su Espíritu, el Consolador, Defensor y Abogado. Los creyentes perciben de manera paradójica, algo inexplicable para los sociólogos, fuerza en la debilidad, esperanza en la noche, capacidad de resistencia en el combate contra el mal, generosidad solidaria. Quizá el que no tiene fe no comprende cómo es posible el testimonio de los mártires.

 

Jesús, en esta hora concreta, nos dice y no nos engaña: “No temáis, no tengáis miedo, que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde”. Y parece que nos susurra en cada instante: Yo he vencido al mundo y a la muerte, yo estoy con vosotros. Siempre tenéis a vuestro alcance la intercesión de mi Madre, la Virgen María. A ella también la saludó el Ángel con las mismas palabras: “No temas, María.” Ella se fio y se convirtió en mi madre y en la vuestra. No penséis que os digo palabras de cumplido. Me comprometo en ellas: No temáis, quien se fía de mí no quedará defraudado. ¡Paz a vosotros!