· 

¿Por qué a mí, y no al mundo

«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?» Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 22-23).

REFLEXIÓN

El discípulo le pregunta al Maestro: ¿Por qué te has revelado a nosotros y no al mundo? Y Jesús parece que no desea responder a la pregunta del discípulo y solo revela el beneficio que supone creer en Él. Quien cree en Jesús, lo ama, y el que ama a Jesús, cumple su palabra, y el que cumple su palabra, es amado de Dios y habitado por Él, que lo hace morada suya.

Pero sigo preguntándome, como el apóstol: ¿Acaso la respuesta del Señor indica que Dios no hace acepción de personas? O ¿que la adhesión a Cristo es personal y no hay colectivismo? ¿Acaso tiene que haber siempre confrontación entre el mundo y el creyente para purificar la fe?

Quizá el Maestro nos ha querido decir que no hay amor universal sin ser concreto; que no hay pertenencia posible a Él sin obediencia a sus mandatos. La fe no es una ideología. No se ama en general, si no a rostros personales.

Todos podemos amar al más próximo. Todos tenemos en el corazón la llamada al bien. Y todos sabemos lo que es bueno, salvo que hayamos pervertido la conciencia y perdido la sensibilidad. Todo ser humano goza de la brizna indestructible de ser imagen divina.

Tal vez las palabras de Jesús se comprenden teniendo en cuenta el significado que tiene en el evangelio de san Juan la palabra “mundo”. Para el evangelista, no significa tanto la globalización de la humanidad, cuanto el imperio del mal. Jesús reza por los suyos para que se vean libres del mundo, pues no son del mundo. “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15, 18-19). Y al Malo lo llama príncipe de este mundo (Jn 14, 30).

El Evangelio es anuncio de salvación universal, pero debe ser acogido personalmente. Jesucristo ha muerto por todos, ha ofrecido la salvación a todos, pero cada uno se debe abrir a la gracia. Quien dé fe a las palabras de Jesús, difícilmente podrá soportar lo que en ella se nos comunica, sin sentir una emoción interior: “El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y yo también lo amaré, y vendremos a él y haremos morada en él”. El creyente tiene el don de saberse amado y desde esa experiencia íntima e intransferible, ama. Y al devolver amor, le inunda la presencia divina. 

La vida del creyente es un proceso de amor en la medida que se sabe amado. “Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor” (Santa Teresa, Vida 22, 14).