La vida ordinaria

“Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho». Se levantó inmediatamente” (Act 9, 32-34).

COMENTARIO

Una expresión bíblica de profundo significado es la que en tantos momentos pronuncia Jesús, y después de su resurrección, también los apóstoles. Es la expresión: “levántate”. Al paralítico de la piscina probática, al leproso, al ciego, Jesús los invita a levantarse. Cuando se le aparece a Saulo en el camino de Damasco, escuchamos la misma voz: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?». Dijo él: «¿Quién eres, Señor?». Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate” (Act 9, 4-6).

En el pasaje que hoy se proclama oímos a Pedro esta expresión de su Maestro al decirle a Eneas: “Levántate”. Y un poco más adelante, a la manera de lo que hizo Jesús en Cafarnaúm con la niña muerta, el apóstol se dirige a Tabita, que había fallecido: «Tabita, levántate».

Sabemos que, a la luz de la Pascua, el verbo levantarse significa mucho más que un movimiento físico; es resucitar, o decidir un nuevo modo de vida, todo lo contrario a la inercia, a la desgana, al “qué más da, ¿para qué?” Y con esta actitud pasiva se entra en la muerte del alma y hasta en la pérdida del gusto por la vida.

Pero no solo tenemos en el texto de hoy la referencia al verbo levantarse. Siempre me ha llamado la atención que en una escena tan significativa como es el viaje pastoral de san Pedro, al dirigirse a Eneas, le mande que haga la cama. Esta acción es un trabajo ordinario, pero simboliza precisamente, que no se pacta con el “qué más da”. Si no lo ve nadie, si es mi espacio íntimo, ¿para qué esforzarse? Esta es la tentación y hasta el peligro de muerte espiritual.

Estamos en tiempo propicio para valorar lo pequeño, lo ordinario, lo cotidiano, y a su vez corremos el riesgo del entreguismo, al no tener la provocación de lo novedoso. Hacer la cama es cuidar la higiene, el orden, la limpieza, el aseo personal, incluso la estética, hasta la belleza de lo humilde y de lo sencillo. Suelo afirmar que si se expulsa la belleza de la vida común, se crea un ambiente de asfixia insoportable que nos echa de casa.

Cada uno sabe si ha hecho o no pactos interiores para convivir con el desorden, la inercia y la desgana. La palabra del apóstol es contundente: “Levántate y haz la cama”. Uno podrá creer que ante lo más importante, como es recuperar la salud, que da lo mismo el detalle de hacer o no la cama, pero con ello se significa que la vida nueva no se funda en el espectáculo, sino en vivir de manera consciente todo lo que se hace. Y de hacer de lo cotidiano la gran liturgia eucarística, que es vivir con amor.

Estamos llamados a ser atentos con cuantos nos rodean, a procurar las normas de higiene, de distancia social, de obediencia a las prescripciones sanitarias. Hacer la cama puede interpretarse también en este sentido, y gozar de lo que es más, la salud y la vida.