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V Domingo de Pascua

TEXTO EVANGÉLICO

“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores” (Jn 14, 11-12).

COMENTARIO

Nos ha tocado un tiempo oportuno para testimoniar la fe con las obras. Y si la obra que Dios quiere es que creamos en Jesucristo, la fe en Jesucristo, según sus palabras, se demuestra por las obras que uno hace.

Sorprende que este domingo la Iglesia escoja como primera lectura la elección de los siete primeros diáconos, hombres de bien, según los Hechos de los Apóstoles, que se dedicaron a ser las manos y los brazos alargados hacia los que tenían necesidad en las primeras comunidades cristianas. «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra» (Act 6, 2-4).

Cada día nos llegan noticias de los testimonios de tantos voluntarios que ejercen la diaconía real y apoyan el reparto de suministros de bienes esenciales, gracias a que otros, en general de manera anónima, entregan sus bienes a la bolsa común y solidaria. “También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pe 2, 5).

La fe se demuestra por las obras, dice el apóstol Santiago, y más allá de los discursos ideológicos, lo que está sucediendo es un cambio de sensibilidad. Se valora la vida, la salud, el pan de cada día, la familia, la naturaleza. Se abre la mente y el corazón a lo trascendente y a lo espiritual, a lo social  y a lo humano. Se percibe la vulnerabilidad, la necesidad de ayuda, se valora la presencia del otro, su gesto, su palabra. Es verdad que en tiempos recios se pueden agudizar las crisis, y hasta llegar al límite de la desesperanza, pero es momento de no quedarnos en estadísticas, sino en dar el paso personal, acreditado por el bien hacer en favor de los que pueden sentir soledad, y hasta hambre.

Quiero decir mi agradecimiento a tantos diáconos reales, anónimos, que hacen posible la esperanza. Es tiempo propicio para celebrar la identidad profunda del ser, que hoy también se nos recuerda en la liturgia de la Palabra: Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (1Pe 2, 9).

PROPUESTA

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