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Los testigos de la Pascua. Los cinco sentidos

EL OLFATO

“El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado” (Lc 24, 1).

Al contemplar las distintas narraciones pascuales, se puede percibir en ellas que se citan e implican los cinco sentidos corporales.

No es indiferente que  los textos relacionen la experiencia pascual con los sentidos de manera tan explícita. Creo que es la forma bíblica de demostrar la realidad histórica. Así lo vemos cuando se citan dos o más sentidos para satisfacer la exigencia de que al testimoniar, haya dos testigos al menos que acrediten los hechos. “Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído»” (Act 4, 20).

En la primera carta de san Juan hay un texto paradigmático: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida, pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos” (1Jn 1, 1-3). Es el mismo argumento que usarán los discípulos para demostrar que Jesucristo está vivo, el de haber comido y bebido con Él después de su resurrección (Act 10, 41).

Si sumamos las distintas secuencias que narran los acontecimientos de Pascua, constatamos la explícita alusión a los cinco sentidos como prueba testifical, y entre ellos aparece el olfato, al referirse el relato lucano a las mujeres que llevaban los perfumes: “El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado” (Lc 24, 1).

La alusión a los perfumes refuerza el argumento de presentar a Jesús como esposo. La mirra y el áloe que se citaban en la sepultura eran los perfumes que se mencionan en el salmo nupcial: “A mirra y áloe huelen tus vestidos” (Sal 45).

Las fiestas de Pascua son el triunfo del Hijo amado de Dios, y de quien ha venido a revelar el amor entrañable del Padre y a sellarlo como alianza perpetua con la Iglesia. Alianza que tiene en la imagen matrimonial el analogado más próximo a lo que cabe celebrar al recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor en la Eucaristía. 

Dice Santa Teresa: “También suele nuestro Señor tener otras maneras de despertar el alma: que a deshora, estando rezando vocalmente y con descuido de cosa interior, parece viene una inflamación deleitosa, como si de presto viniese un olor tan grande que se comunicase por todos los sentidos no digo que es olor, sino pongo esta comparación o cosa de esta manera, sólo para dar a sentir que está allí el Esposo; mueve un deseo sabroso de gozar el alma de Él, y con esto queda dispuesta para hacer grandes actos y alabanzas a nuestro Señor” (Moradas VI, 2, 8).