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Es la hora de la Pascua

Es la hora del vacío, la hora del silencio, la hora de la espera. Cabe el miedo a que no suceda lo esperado, cabe el encerramiento clandestino porque avergüence, en las circunstancias de la pandemia, ser del bando del Nazareno. Como si ser cristiano significara resignación más que esperanza.

Es momento de percibir si la fe da soporte a la espera, si se aquilata la certeza confiada en las promesas, de conocer si somos solo religiosos o creyentes, si nuestra creencia es ideológica o es experiencia, si profesamos solo con los labios la verdad de la resurrección de Jesucristo, o nos asiste la presencia compañera del Resucitado aunque no lo veamos.

Es la hora de arriesgar, de apostar por la noticia del Evangelio, la que dan las mujeres, aunque aún está oscuro; noticia  de que ha apuntado el alba, la luz anunciadora del día eterno, del día sin término, porque les ha salido al camino Jesucristo vivo.

Creer en la resurrección de Jesucristo no es una receta. La fe luce solo en la propia lámpara. No es consejo ni norma obligatoria, pues cabe la resistencia escéptica. Quizá sea momento de pedir al mismo Jesús: “Señor, creo, pero aumenta mi fe”. “Creo, pero dudo”. Es el día de creer sin ver; de ver con los ojos de la fe. Por este día, los que han pasado de esta vida a la eterna han quedado ungidos con luz. No es un truco mágico, ni un género literario, ni una escena de teatro que representa al héroe del drama que supera la prueba. Es el fundamento y la clave de quienes se fían y adelantan la luz de la mañana, aunque es de noche.

Si, en las circunstancias actuales te puede la oscuridad, te comprendo; si te acosa el temor, es de humanos sentirlo en los momentos duros; si crees que la cruz que vives es agravio, no seré yo quien eche más peso sobre tu conciencia. Pero hoy cabe, también, apostar por la espera, permanecer de pie con fortaleza ante el drama, y ser testigo adelantado de Galilea.

Hoy es posible percibir el perdón y, al poner las manos en las llagas de los que sufren, exclamar, aunque solo sea interiormente: “Aquí estaba Dios, y yo no lo sabía”, y de pronto percibir la cruz transfigurada.

Por este día, la muerte no es la última palabra. El dolor se convierte en sementera de bienaventuranza; la soledad reclama el Tú inmortal; el silencio es antesala de la Palabra más revolucionaria: “No está aquí, ha resucitado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

Hoy, ante los que solo perciben desgarro, dolor, muerte y enfermedad, puedes anticipar victoria sin triunfalismos baratos ni humillantes. Te puedes convertir en profecía y en noticia de Pascua por el amor que ofreces.

El que cree en Cristo resucitado y en la resurrección de los muertos ha encontrado el tesoro, ha descubierto el manantial en el desierto y aprecia la fe como el gran regalo por el que vale la pena venderlo todo e iluminar el sentido de los acontecimientos desde la luz de Pascua. En esta hora recia se comprende el valor de la esperanza y la razón de entregarse enteramente en esta vida. 

Sin que sea palabra hueca ni protocolaria, te deseo ¡Feliz Pascua!