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Oración a Nuestra Señora de la Soledad

Señora, ¿dónde te quedabas los días de la Pasión de tu Hijo? No apareces en Betania, ni en el Cenáculo. Solo sabemos que estuviste de pie junto a la Cruz, y fuiste testigo de cada minuto de la agonía del mejor hijo de los hombres, de Aquel que tú acariciaste y envolviste en pañales en Belén.

Sabemos que en las horas más recias te acompañaron algunas mujeres. La piedad cristiana ha cruzado tu mirada con la de tu Hijo en la Vía Dolorosa. No consta que pudieras ir entre la multitud, siguiendo los pasos del Nazareno, más bien creo que es una proyección de nuestra necesidad de saberte compañera en nuestras pruebas.

Pero sí nos consta que en el momento supremo, en el que tu Hijo pronunció sus últimas palabras, estabas presente y que precisamente se dirigió a ti, entregándote una misión aún mayor al hacerte madre de todos los hombres.

El Evangelio señala que el discípulo al que tanto quería tu Hijo, recibió la encomienda de hacerse cargo de ti, y que te llevó a casa. Pero, al observar a las mujeres que te acompañaban, y que fueron testigos de dónde pusieron el cuerpo de Jesús, tú no apareces. ¿Acaso el discípulo te privó de ver cómo lo enterraban deprisa?

Imagino tu soledad y tu silencio. De nuevo, la piedad cristiana ha puesto sobre tus rodillas, en tus brazos, el cuerpo muerto de tu Hijo, pero tampoco nos consta que pudieras tener el consuelo de abrazar, besar y acariciar las facciones de quien quedó deshecho, sin aspecto humano. Quizá quienes te acompañaban te privaron de ese dolor, aunque todos necesitamos verte abrazando al Crucificado, porque en esa acción nos consuela sentirnos nosotros también en tus brazos en estos momentos de tanto sufrimiento.

Cuando asistimos a los entierros, donde no se permite a la familia ni a los amigos acompañar a las víctimas de la pandemia, imagino lo que quizá también te pasó a ti, no poder acercarte a quien tanto amabas, sea porque las autoridades no te dejaron, sea porque los amigos te quisieron librar de ese trance.

El texto sagrado dice que otros trajeron los lienzos y los aromas con los que perfumaron y envolvieron el cuerpo de Jesús. Señora, déjame que te ofrezca mi presencia compañera; siempre consuela tener a alguien junto a sí en los momentos más dramáticos de la vida.

Otros años, este día, te ofrecíamos la oración de muchos niños, la presencia emocionada de numerosos amigos con los que bajábamos hasta tu ermita. Este año, quizá sea aún más real tu soledad en la soledad de tantos que se ven privados de acompañar a sus seres queridos en los últimos momentos. Acompáñalos tú.

Santa María, hoy que nos comunicamos entre nosotros virtualmente, recibe como mejor ofrenda nuestra invocación, y así nos sentiremos acompañados y abrazados por ti. 

Necesitamos saberte saliendo al paso de los nazarenos que sufren el virus y de los cirineos. Te pedimos que nos mires en esta hora amarga. Necesitamos contemplarte, teniéndonos abrazados en tu Hijo, desclavado de la Cruz. Santa María, Virgen de la Soledad, de las Angustias, de los Dolores, ten piedad de todos tus hijos.