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El testamento de Jesús en la Cruz

Las últimas palabras del Crucificado

Hoy quiero permanecer ante el rostro bendito de la imagen del Cristo de la Salud de Buenafuente, a la que otros años tantos amigos y vecinos de los pueblos del entorno han venido a venerar en la tarde del Viernes Santo. Es un don poder dejarse mirar por Él. “Mirad que no está esperando otra cosa, sino que le miremos”.

Ante el Crucificado, al tiempo de rogar por muchos, quiero recordar sus últimas palabras, su testamento, como mejor acompañamiento en esta hora de pandemia. Son aliento que fortalece.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 43). Sí, Señor, perdónanos, tu Cruz no puede ser inútil, todos los que mueren llevan tu sello, y los que aún vivimos nos acogemos a tu misericordia. ¡Perdón, Señor! ¡Hemos sido redimidos por tu Cruz! Aunque pecadores, ¡somos tuyos!

«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Esta palabra que le diste al ladrón es una promesa esperanzadora. Por ella sabemos que quienes nos han precedido gozan de tu presencia, están en ti y, como intercesores, se asocian ante tu Padre. ¡Acoge, Señor, a todos los que han muerto!

«Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). Gracias, Señor, por dejarnos de testigo permanente de tu amor a quien te llevó en sus entrañas. Ella es Madre de misericordia, y sabe de lágrimas, y ella sabe de fortaleza. A ella nos dirigimos cada día, en unión con el papa Francisco: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Lc 27, 46; Mc 15, 34). Sabemos que pronunciaste este salmo, y con él diste voz a nuestros sentimientos más existenciales, aunque también sabemos que nunca perdiste la confianza en tu Padre. También rezaste: “Me hará vivir para él” (Sal 21, 30). Cómo descansa decir en voz alta: “¡Dios míos!”

«Tengo sed» (Jn 19, 28). Si eres manantial, ¿de qué sufres necesidad? Y me sobrecoge la experiencia que le permitiste a la madre Teresa de Calcuta: “Tengo sed de ti”. Hazme Tú mismo agua y no vinagre para ti, y hazme también solidario de la sed de tantos.

«Está cumplido» (Jn 19, 30). Gracias por toda tu obra. De ti dijeron: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 37). Todo ha quedado recapitulado en ti. Hoy resuena la expresión que se refiere a tu Padre: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1, 31). A ti me acojo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan | todos los días de mi vida, | y habitaré en la casa del Señor | por años sin término” (Sal 22, 6).

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». (Lc 23, 46) Es el mayor descanso que nos da la fe, sabernos en tus manos. Por ellas hemos sido creados, tus manos nos sostienen pródigamente y nos aguardan entrañablemente. En ti vivimos, nos movemos y existimos. Esta tarde tomamos tus mismas palabras y te ofrecemos la vida y la muerte de tantos, mientras elevamos nuestros brazos suplicantes, unidos a toda la Iglesia, por las intenciones de la humanidad entera.Hoy quiero permanecer ante el rostro bendito de la imagen del Cristo de la Salud de Buenafuente, a la que otros años tantos amigos y vecinos de los pueblos del entorno han venido a venerar en la tarde del Viernes Santo. Es un don poder dejarse mirar por Él. “Mirad que no está esperando otra cosa, sino que le miremos”.

Ante el Crucificado, al tiempo de rogar por muchos, quiero recordar sus últimas palabras, su testamento, como mejor acompañamiento en esta hora de pandemia. Son aliento que fortalece.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 43). Sí, Señor, perdónanos, tu Cruz no puede ser inútil, todos los que mueren llevan tu sello, y los que aún vivimos nos acogemos a tu misericordia. ¡Perdón, Señor! ¡Hemos sido redimidos por tu Cruz! Aunque pecadores, ¡somos tuyos!

«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Esta palabra que le diste al ladrón es una promesa esperanzadora. Por ella sabemos que quienes nos han precedido gozan de tu presencia, están en ti y, como intercesores, se asocian ante tu Padre. ¡Acoge, Señor, a todos los que han muerto!

«Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). Gracias, Señor, por dejarnos de testigo permanente de tu amor a quien te llevó en sus entrañas. Ella es Madre de misericordia, y sabe de lágrimas, y ella sabe de fortaleza. A ella nos dirigimos cada día, en unión con el papa Francisco: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Lc 27, 46; Mc 15, 34). Sabemos que pronunciaste este salmo, y con él diste voz a nuestros sentimientos más existenciales, aunque también sabemos que nunca perdiste la confianza en tu Padre. También rezaste: “Me hará vivir para él” (Sal 21, 30). Cómo descansa decir en voz alta: “¡Dios míos!”

«Tengo sed» (Jn 19, 28). Si eres manantial, ¿de qué sufres necesidad? Y me sobrecoge la experiencia que le permitiste a la madre Teresa de Calcuta: “Tengo sed de ti”. Hazme Tú mismo agua y no vinagre para ti, y hazme también solidario de la sed de tantos.

«Está cumplido» (Jn 19, 30). Gracias por toda tu obra. De ti dijeron: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 37). Todo ha quedado recapitulado en ti. Hoy resuena la expresión que se refiere a tu Padre: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1, 31). A ti me acojo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan | todos los días de mi vida, | y habitaré en la casa del Señor | por años sin término” (Sal 22, 6).

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». (Lc 23, 46) Es el mayor descanso que nos da la fe, sabernos en tus manos. Por ellas hemos sido creados, tus manos nos sostienen pródigamente y nos aguardan entrañablemente. En ti vivimos, nos movemos y existimos. Esta tarde tomamos tus mismas palabras y te ofrecemos la vida y la muerte de tantos, mientras elevamos nuestros brazos suplicantes, unidos a toda la Iglesia, por las intenciones de la humanidad entera.Hoy quiero permanecer ante el rostro bendito de la imagen del Cristo de la Salud de Buenafuente, a la que otros años tantos amigos y vecinos de los pueblos del entorno han venido a venerar en la tarde del Viernes Santo. Es un don poder dejarse mirar por Él. “Mirad que no está esperando otra cosa, sino que le miremos”.

Ante el Crucificado, al tiempo de rogar por muchos, quiero recordar sus últimas palabras, su testamento, como mejor acompañamiento en esta hora de pandemia. Son aliento que fortalece.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 43). Sí, Señor, perdónanos, tu Cruz no puede ser inútil, todos los que mueren llevan tu sello, y los que aún vivimos nos acogemos a tu misericordia. ¡Perdón, Señor! ¡Hemos sido redimidos por tu Cruz! Aunque pecadores, ¡somos tuyos!

«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Esta palabra que le diste al ladrón es una promesa esperanzadora. Por ella sabemos que quienes nos han precedido gozan de tu presencia, están en ti y, como intercesores, se asocian ante tu Padre. ¡Acoge, Señor, a todos los que han muerto!

«Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). Gracias, Señor, por dejarnos de testigo permanente de tu amor a quien te llevó en sus entrañas. Ella es Madre de misericordia, y sabe de lágrimas, y ella sabe de fortaleza. A ella nos dirigimos cada día, en unión con el papa Francisco: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Lc 27, 46; Mc 15, 34). Sabemos que pronunciaste este salmo, y con él diste voz a nuestros sentimientos más existenciales, aunque también sabemos que nunca perdiste la confianza en tu Padre. También rezaste: “Me hará vivir para él” (Sal 21, 30). Cómo descansa decir en voz alta: “¡Dios míos!”

«Tengo sed» (Jn 19, 28). Si eres manantial, ¿de qué sufres necesidad? Y me sobrecoge la experiencia que le permitiste a la madre Teresa de Calcuta: “Tengo sed de ti”. Hazme Tú mismo agua y no vinagre para ti, y hazme también solidario de la sed de tantos.

«Está cumplido» (Jn 19, 30). Gracias por toda tu obra. De ti dijeron: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 37). Todo ha quedado recapitulado en ti. Hoy resuena la expresión que se refiere a tu Padre: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1, 31). A ti me acojo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan | todos los días de mi vida, | y habitaré en la casa del Señor | por años sin término” (Sal 22, 6). 

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». (Lc 23, 46) Es el mayor descanso que nos da la fe, sabernos en tus manos. Por ellas hemos sido creados, tus manos nos sostienen pródigamente y nos aguardan entrañablemente. En ti vivimos, nos movemos y existimos. Esta tarde tomamos tus mismas palabras y te ofrecemos la vida y la muerte de tantos, mientras elevamos nuestros brazos suplicantes, unidos a toda la Iglesia, por las intenciones de la humanidad entera.