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Noche de Jueves Santo

Dice el Evangelio: “Salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos” (Jn 18, 1). Jesús, ¿por qué esta noche no has hecho como otras veces, y te has marchado de forma discreta a orar a solas? “Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice: «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad» (Mc 14, 33-34). ¿Por qué has querido que te acompañaran tus discípulos, y te adentraste en la oscuridad del Huerto de Getsemaní con tus más íntimos?

Y continúa el relato: “En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza (Lc 22, 45-46). ¿Qué nos quieres decir cuando interrumpes tu oración y vienes a ver a tus amigos, si sabes que están dormidos? ¿Por qué reiteras tus pasos hacia ellos, en medio de tu oración más intensa?

Jesús les dijo a sus discípulos: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación». (Lc 22, 44) Volvió y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 40-41). ¿Qué nos quieres decir con tu lamento, al verlos sin poder resistir en vela?

“Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 37-38).  Esta noche nos desvelas hasta dónde eres humano como nosotros, hasta dónde necesitas la presencia amiga, saberte acompañado en las horas más recias. Dicen que estos días de pandemia, el mayor dolor es tener que dejar a los amigos, a los padres o a los hermanos ingresados en el hospital, solos.

Tú buscas, como humano, la cercanía, el consuelo de tus más íntimos, poder expresarles tu miedo y tu angustia, pero ellos duermen. No encuentras el alivio que necesitas, y retornas al espacio más hondo, al trato con tu Padre: “Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía: «¡Abba!, Padre : tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14, 35-36).

Y comprendo lo que es la oración a solas: la puerta que se abre a la esperanza en los momentos más oscuros. Ahora, sin pudor, puedes llorar, sentir tristeza, gritar, sudar sangre. No sé si acierto a interpretar lo que nos quieres decir esta noche, pero intuyo que deseas enseñarnos cuál es la manera   de afrontar las horas más recias de nuestra vida, como las presentes: la de trascender la realidad dejándonos mirar por ti.

Creo que tus palabras a los discípulos no son tanto para denunciar su insensibilidad cuanto para enseñarnos de dónde nos puede venir la fuerza en los momentos más difíciles, de la relación contigo, de la súplica a tu Padre. ¡Cómo has querido asumir el grito de angustia de tantos en esta noche de Getsemaní, para que nadie se sienta totalmente solo! 

«Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos!» (Mc 14, 33-42). Danos la fuerza para seguirte, pues si los tuyos huyeron, cabe que el miedo al dolor nos dicte también a nosotros la huida. Señor, lo que Tú quieras.