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Jueves Santo

LA CENA DEL SEÑOR: HOSPITALIDAD

En la cultura oriental hay una costumbre casi sagrada: ofrecer al huésped algo de comer y de beber. Con ello se le declara confianza, hospitalidad y amistad. Esto se aplica, incluso, para interpretar el comportamiento de Jesús en la última cena, pues el texto señala que el Maestro le dio a Judas un trozo de pan mojado (cf. Jn 13, 26).

Los exégetas nos dicen que, al extenderse la duda entre los discípulos de quién podría ser el traidor, la sospecha recayó sobre todos menos sobre Judas, porque este había sido distinguido con el gesto amigo e íntimo del Maestro de darle en la mano un trozo de pan mojado.

Dice la historia que Saladino, siguiendo la costumbre de la región de hacer merced al enemigo una vez se hubiera comido y bebido con él, ofreció a Guido de Lusignan una copa con nieve; con ello le indicó que no lo mataría, y lo trató con benevolencia.

Esta tarde de Jueves Santo, “mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos, porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28).

¿Qué significa que seamos huéspedes de la Cena del Señor, si comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz? Si interpretamos el gesto de Jesús en la clave de la cultura oriental, lo que el Maestro nos declara es la misericordia divina. Él nos da la vida, nos concede el salvoconducto, si sabemos considerarlo y participar en la cena con dignidad.

La Eucaristía es el gesto de la mayor hospitalidad de Jesucristo, pero no se puede considerar como algo mágico, sino que requiere que se acoja con fe. Judas, aunque recibió el pan de manos del Señor, no supo asimilarlo. Y sucedió, como denuncia Jesús a quienes por haber comido con Él creen que lo tienen todo resuelto: “Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois” (Lc 13, 25-27).

Comer de la mesa del Señor es un regalo inmerecido, más aún cuando este año hay tantos cristianos que no pueden acercarse a las celebraciones litúrgicas. Hay quien aconseja, al tiempo de ver por algún medio de comunicación la Misa, que podría tomar un trozo de pan normal, como gesto de comunión. Pero independientemente de la participación real, esta tarde tenemos la llamada, por una parte, a agradecer el don de Jesús, y, por otra, a ser conscientes de lo que significa comulgar: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz.” (1Co 11, 26. 28) No separemos la Eucaristía de la entrega por los demás.

Y nos estremece el mandamiento: “Haced esto en memoria mía”.