Miércoles Santo

EL LUGAR DE LA CENA

Este año todo es diferente, y quizá más que nunca debemos preguntarle al Señor lo mismo que los discípulos en este pasaje: “El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua (Mt 26, 17-19). 

Señor, si no podemos salir de casa; si estamos confinados en nuestros hogares, ¿cómo celebrar el Jueves Santo? Y toman actualidad las noticias de las primeras comunidades cristianas, con las mismas circunstancias que prescriben las Escrituras, refiriéndose a los tiempos de Moisés: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo” (Ex 12, 3-4).

EL CENÁCULO

Convirtamos nuestros hogares en cenáculos, y nuestras familias en iglesias domésticas. Mi padre, cuando nos juntábamos para comer, tomaba la hogaza de pan, con el cuchillo le hacía una cruz, y lo partía en rebanadas, con la sentencia, mientras nos lo daba: “El pan es de Dios y no se tira”.

Cabe hacer el lavatorio de los pies en familia, leer las Escrituras de la Liturgia, disponer el salón para asistir a la retransmisión de los cultos por algún medio, guardar el respeto sagrado como si se estuviera en el templo.

Las circunstancias invitan a disponer el propio corazón como mejor recinto donde resuenen las palabras de Jesús del mandamiento nuevo.

PROPUESTA 

Haz liturgia doméstica, convierte el salón de tu casa en cenáculo, ten tiempos familiares de oración.