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Domingo de Ramos

Bendito el que viene en el nombre del Señor

¡Ven, Bendito de Dios! Entra en nuestras ciudades y pueblos, y en nuestro corazón con la palma del árbol de la paz.

Hoy Jerusalén es el hondón del ser de cada creyente. Más que nunca necesitamos gritar, expresar nuestra necesidad de salvación. Solo Tú, Señor, eres referencia consoladora en estos momentos, en los que tantas familias sufren el acoso de la enfermedad y de la muerte.

Hijo de David, ten piedad de nosotros. Tú que te entregas a la muerte voluntariamente y por amor a la humanidad, visítanos con tu presencia, y convierte nuestros sufrimientos en motivo de esperanza.

Hoy no llevamos públicamente la palma, pero más que nunca nos asociamos a tu Pasión y entonamos el canto del Hosanna al tiempo de pedirte que tengas piedad de tu pueblo, por el que Tú sufriste tanta soledad.

Nos enseñas que en los momentos recios ayudan los amigos. Tú, cuando te retiras a Betania los días previos a tu Pasión, nos enseñas el modo más humano de resistir en las pruebas. 

Si el pueblo expresó los sentimientos más nobles en tu entrada a la ciudad de Jerusalén, recibe el clamor de toda la humanidad que sufre como confesión de tu divinidad, a la vez que reconocemos también nuestra frágil condición, necesitada de tu misericordia.

Por tu Pasión y muerte, Señor, ven en nuestro auxilio, y convierte nuestra debilidad en canto de alabanza.

Si las piedras cantarían tu divinidad, nosotros queremos asociarnos a toda la creación y reconocer que Tú eres el único Dios, el único Señor, por más que entres, humilde, en un pollino. ¡Jesucristo, Hijo de David, ten misericordia de todos nosotros! 

PROPUESTA

Reconoce que el Señor, nuestro Dios, es solamente uno y ámalo con todo el corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo que vive junto a ti.