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Oración en tiempo de inclemencia

Llueve y llora el cielo,

y la tierra reza florecida.

Crece el silencio urbano,

Y se intuye el clamor de las familias.

Puede parecer huida

el poner los ojos en lo bello.

Mas el corazón respira,

al percibir el campo humedecido.

No podrá el mal al bien,

ni la mentira a la honradez.

No podrá el odio al amor,

ni la increencia a la fe.

No podrá el vacío ni el sinsentido,

ante la Cruz del que vive.

El dolor no es estéril,

el despojo se vuelve sementera.

Parece injusto confiar ahora,

mas el mundo necesita esperanzados.

Podrá la belleza al miedo,

y el amor al sobresalto.

Podrá la fe al escéptico,

Y la mano del samaritano.

Enmudezco ante el dolor, y espero.

Me arrodillo y adoro ante el misterio.

Es la hora del hondón del alma,

de adentrarse aún más adentro.

Es la hora del desierto y del silencio,

y la hora de decir: “Te quiero”,

al tiempo que huele a campo,

y no pueda el poeta atrapar el viento.

Solo el místico conjura el vacío,

por saberse siempre amado en lo secreto.

Y pide por aquel que está tan solo,

para que le llegue la brisa del amor primero.

Y lanzo orante al viento los deseos,

que transportan los seres invisibles.

Y de pronto acontece, no sé dónde,

que el corazón de alguno se estremece.

Y llega a percibirse el susurro

de Aquel que es en el camino compañero.

Quien dice: “Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo.

Y entonces, me arrojé a sus pies, sobrecogido,

 

Y confesé, sin pudor: “¡Dios mío!”