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Fiesta de la Anunciación del Señor

Hay quien piensa, Señor, en la situación tan extrema que estamos viviendo, que pueda ser castigo tuyo el sufrimiento, que inflige la pandemia a la humanidad. Mas, ¿cómo va a ser verdad tal pensamiento, si Tú te hiciste hombre para asumir nuestros dolores y fragilidad?

Tú tomaste nuestra carne de Virgen Nazarena, y te hiciste mortal para compadecerte, hasta el extremo de morir por nosotros. No quisiste decretar leyes esclavas, sino por el contrario, Tú te hiciste siervo, y te pusiste a nuestros pies.

Estoy seguro de que Tú nos acompañas en esta hora recia, y eres solidarios con nuestro sufrimiento, hasta el extremo de convertir tanto dolor humano en las señales de tu Pasión Gloriosa.

Confío en que estas circunstancias saquen de nosotros lo más noble, generoso, pródigo que alberga el corazón.

Este día, que celebramos tu Encarnación, al tener noticias de tanto sufrimiento y a su vez de tantas manos generosas, es también jornada para arrodillarnos ante el misterio que encierra nuestra carne débil, pues Tú, al asumir nuestra naturaleza, la has convertido en sacramento.

Verbo, hecho carne; Dios humanado; Humanísima Humanidad.

Dios compadecido, mira a tus hermanos. Déjanos sentir tu paso,

la fuerza de tu compasión.

Y ya que el ser humano es sacramento de tu divinidad encarnada, 

brote en todos hoy la luz y el consuelo, al vernos destinados a tu Gloria.