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III Miércoles de Cuaresma

SIGNO

Un refrán castellano dice: “Obras son amores y no buenas razones”. Y el Evangelio afirma: “Por sus frutos se conoce el árbol”. Nuestra pertenencia a Jesús no puede ser virtual, sino histórica, y la identidad cristiana se demuestra por una forma distinta de vivir, incluso en medio del mundo.

Los bautizados nos debiéramos convertir en signos luminosos de trascendencia, como quienes saben que la representación de este mundo pasa. No debemos evadirnos de la realidad, sino saber convivir con ella, como quien es peregrino, sin afincarnos posesivamente en nuestras parcelas y modos de vida. 

El cristiano no deja de ser persona comprometida socialmente, y no por creer en la vida eterna deja de ser ciudadano de este mundo. La ley social nos obliga, en la medida que no se oponga a la ley de Dios, y el cumplimiento de la ley de Dios nos sirve para discernir si avanzamos por el camino recto.

DON

Los preceptos no son leyes coercitivas, sino revelación de aquello que le complace a Dios, y que nos construye a los humanos. “Los mandatos del Señor alegran el corazón y dan luz a los ojos”

No hay forma de vida más plena y feliz que la que cabe gozar haciendo lo que Dios quiere. Conocer la voluntad divina es un don especial, que concede el Espíritu Santo.

Si uno quiere ser perfecto y ser grande a los ojos de Dios, tiene en la revelación el modo de serlo, no tanto por el afán de sobresalir, cuanto por el modo de vivir siguiendo la ruta de los mandatos del Señor: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos” (Mt 5, 19).

PROPUESTA 

¿Avanzas tras los mandatos del Señor, o de manera emancipada e independiente?