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V Domingo del Tiempo Ordinario

EVANGELIO

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 13-16).

COMENTARIO

Si nos trasladamos a la casa de Nazaret en la que vivió Jesús en compañía de María y de José, comprenderemos mejor el ejemplo del texto evangélico que se refiere a la lámpara encendida y cómo debe colocarse en el lugar donde más alumbre. Las casas de entonces eran cuevas, y tanto el fuego como el candil debían mantenerse encendidos. Esta experiencia doméstica le sirve al Maestro para señalar cómo debemos iluminar alrededor con nuestros dones, y no soterrarlos.

La ciudad alta, que no se puede ocultar, es posible que se refiera a Safed, situada a una altitud de 900 metros, la ciudad más alta de Galilea. Quizá hoy no se comprende el término celemín. Se trata de una medida; era un cubo de madera que servía para medir el grano. La fanega tenía 12 celemines. También se emplea como medida del campo, según la capacidad que tiene de sementera. Jesús, al hacer referencia a estos términos, nos muestra su conocimiento rural y agrícola.

Una ley que se puede experimentar es que en la medida en que se comparte y se ejercita el don, este se acrecienta, mientras que si uno lo guarda, se empobrece. En otro lugar, el Evangelio dice: “Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene” (Mt 13, 12). Y no es tanto que se le quita, cuanto que se pierde si no se da.

Jesús manda dar testimonio. Este tiempo necesita, como diría Santa Teresa, “Amigos fuertes de Dios, para sustentar a los flacos”. El Evangelista nos invita a ser signos visibles, como es la luz, con nuestras obras buenas, que edifiquen a los demás.

La Iglesia tiene el reto de ser atractiva, no tanto por sus discursos, sino por la alegría de quienes vivimos en ella. La afirmación es contundente: “Sois luz”, “sois sal”. Si lo somos, tendremos que iluminar y sazonar.